Arquitectura Ferroviaria

La estación sigue ahí, sin trenes, esperando del otro lado del arroyo, tan sola, tan nuestra y tan igual a todas. 

El ferrocarril llegó a Tapalqué en 1910 y significó una gran transformación no solo en la vida del pueblo y de los parajes rurales sino en el paisaje de la pampa.  Trajo consigo además un tipo de arquitectura que fue un verdadero ejemplo  de la revolución industrial del siglo XIX: construcción en serie, modular, nuevos materiales y la versatilidad que va desde el diseño de una pequeña estación campesina hasta las grandes terminales de las capitales. Se importaron desde Inglaterra materiales inexistentes en nuestro país y se plantaron en nuestro paisaje como una aparición, que a más de un  siglo nos sigue llamando la atención.
Hablar de arquitectura ferroviaria es referimos no solo a la estación propiamente dicha, sino a un conjunto de edificaciones y elementos funcionales. Depósitos para: encomiendas, maquinarias, material rodante y de cargas, casas o casillas para empleados, tanques de agua y de combustible, molinos de viento, señalizaciones, etc.
En la estación de Tapalqué vemos por un lado el mundo de la maquina (depósitos, salas de aprovisionamiento, vías), allí el despojo es total, la ingeniería al servicio de la función; por otro, el mundo de lo humano, la boletería, los depósitos de valijas y paquetes, oficinas de  administración, la sala de espera, con la curiosidad de una sala exclusiva de damas y el baño de hombres en el exterior del edificio. 
En la estación propiamente dicha (muy bien conservada, ya que allí funciona la Escuela de Ed. Estética Nº1) vemos que se dejó de lado el  típico ladrillo visto, y se optó por una terminación de revoque salpicado. El ladrillo a la vista se reserva, en algunos sectores, para marcar los ángulos de los volúmenes, las partes bajas del muro o los contornos de las aberturas -.
El edificio es alto, con techo a dos aguas y cabreadas a la vista. Se destaca además,  su amplia galería con columnas de hierro fundido sin mayores ornamentos y un techo de chapa de escasa pendiente. En estaciones intermedias como la nuestra se incorporaron en el mismo edificio, por cuestiones de control de tráfico permanente, la vivienda del Jefe de Estación.
Las construcciones aledañas terminan de conformar este paraje en la extensión del paisaje pampeano. Al otro lado de las vias están los depósitos que son básicamente una estructura interna de madera atornillada, recubierta de chapas de cinc; vemos también una casa a la izquierda de la estación, cercana al enorme tanque de agua, allí residía el encargado de abastecer de agua y sal a las calderas de las locomotoras; a unos 150 metros siguiendo las vías hacia el sur se encuentra otra casa donde residía el capataz de cuadrilla. Otro dato importante, cada estación contaba con una manga y un cargador para subir la hacienda a los trenes.
Ya no queda mucho más de aquellos años, aunque es posible ver las palancas de cambio de vías, también las aguadas o grúas de agua para abastecer al tren, y en algún vagón que aún sobrevive al desguace vemos en el hierro atornillado o remachado, un sistema que en el siglo XIX permitió construir desde esos vagones hasta puentes, rascacielos e incluso la famosa torre Eiffel.

Por momentos la estación parece un fósil conservado en las capas de nuestra memoria y cuando pisamos ese anden es imposible no soñar con el rugido de un tren que se acerca. Los restos de aquella cultura industrial poseen un valor histórico, tecnológico, social y arquitectónico, y es nuestro deber seguir conservándolos como se viene haciendo y además exigir su regreso.