El mono: más vivo que el hambre

EL MONO: MÁS VIVO QUE EL HAMBRE

LA VIDA DE MANUEL CÉSAR PENSADO (EL MONO) Y DE SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES DEBERÍA DECIR EL TÍTULO CITANDO LA NOVELA PICARESCA QUE ES DE DONDE PARECE HABER SALIDO NUESTRO PERSONAJE.

A esta hora en que ya se ha ido el sol, está cerrado, pero el piso mojado indica que no hace mucho se lavó el último auto. El lavadero es un galpón con un tinglado pintado de verde y amarillo rabioso. El piso es de concreto con una rampa para los autos. Un sauce llorón y listo, esto es todo.
Un Toyota Corola bordó estaciona en la vereda, el Mono baja apurado y dice que no ha parado en todo el día. Todavía le queda cerrar las cocheras, donde duermen 27 autos.
Ahora estamos a cinco cuadras de ahí, en su casa. El mono habla y sonríe, mientras habla sonríe , sutilmente. Canchero y seguro de sí mismo, siempre.
Un identikit de búsqueda diría que viste de  jean celeste algo achupinado , remera mangas cortas blanca   con escote en “v”, unas zapatillas deportivas y siempre bronceado.  Paladea las palabras, pronuncia las “s” conscientemente. Fuma un cigarrillo encendido por la hornalla de la cocina que lo hizo inclinar con el pucho en la boca. Lo toma formando una pinza fina  con el pulgar  y el índice. Pita y empuja el humo lejos.

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A unos dos kilómetros en dirección norte  desde Petruzi y circunvalación Pedro Ramos (ya en zona rural),  hay un puñado de montes de eucaliptus y mucho menos que un puñado de casas. Eso es a lo que algunos llamaban “el barrio Santa Rosa”.
Es un día cualquiera del año 1962 y en Santa Rosa no queda una vela encendida cuando un niño de siete años se interna en la noche. Poca ropa, alpargatas imposibles. La oscuridad de ese entonces es de grafito molido,  sombras espesas superpuestas.  El niño camina y los oídos le zumban, el miedo lo aturde pero sigue porque tiene que hacer un mandado para su papá.  Temblando volverá del almacén de Menchaca, a  eso que él y su hermanos  llaman casa, para que su padre vuelva a beber.
Así vive: Un galpón, piso de tierra, sin frazadas ni sábanas, la solución es acostarse y levantarse vestido. Para bañarse hay un fuenton de lata agujereado, para comer leche que trae el infalible de Magnani y la galleta del Turco y  alguna rara vez papa.
Entonces Manuel César Pensado no aguantó más y  un día habló con su madre de Hombre a Mujer.

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–Me voy al centro a ver si consigo trabajo  –dijo, y tenía ocho años–.
–Ojeda, ¿usted no me daría trabajo?
–Pero sos muy chiquito vos –contesta el hombre–.
–Pero tengo condiciones y además,  sino en casa no comemos.
(El Mono es el cuarto de siete hermanos, justo el del medio, el  niño-hombre que sostuvo a la familia.)
–Vení mañana,  que te doy para vender diarios. –dijo Ojeda todavía sorprendido–. Esa noche no durmió. –Me levanté a las seis de la mañana y salí caminando, no había luz. Luz cero–.
Le pusieron una correa para sostener los diarios y las revistas. Ahora sentado en el sillón del living recita de memoria : Revista Si, Careo, Claudia , Para Tí, Potoruzito, el Clarín, La Prensa y billetes de lotería, del 3290 al 3299.
Salió a la calle, se fue a la ruta y cuando soltó su primer paso no se detuvo nunca más. Aquella noche cuando volvió  el hombre de ocho años le dijo a su madre –Mamá, acá está la plata,  comprá para comer.
Cuando llegaba navidad y año nuevo en su casa no había fiesta, procuraban dormirse temprano y entonces el monito salía  pensando dónde y con quién la podía pasar. Una de esas noches cuando tenía nueve años fue a lo del “Cholo” Fortunato, ahí Ñata , la mujer, lo recibía de mil amores.
–¿Te querés bañar antes de cenar? –lo convidó esa noche, Ñata–. ¿Por qué no? pensó el monito.  Le indicaron el baño pero para su sorpresa faltaban el fuenton y los agujeros y en su lugar había un artefacto de ciencia ficción. –¿Y esto qué es? –preguntó–.  Después que Ñata le abrió la ducha no quiso salir nunca más y cuando lo hizo era un hombre nuevo y  peinado para atrás.

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Mientras habla hace ademanes, no exagerados pero los suficientes para que se luzca un reloj clásico en su muñeca, un anillo, una pulsera y una cadena. Todo es oro.
Cada día mejoraba las ventas. Una de aquellas jornadas le preguntó a un camionero  –¿Me lleva para azul? Y salió. Se bajó en la Shell de la ruta y trabajó, vendió, diarios, revistas, billetes de lotería, limpió parabrisas, le dieron de comer,  vendió diarios, limpió parabrisas y vendió billetes. Para volver a Tapalqué hizo dedo. Esa rutina se mantuvo por un buen tiempo. Del mismo modo viajaba a General Alvear y en una empresa de asfalto vendía.
–Ojeda no podía creer lo que vendía –Recuerda–.
Con trece años no paraba de trabajar. Ese  verano el sol martillaba la ruta y creaba espejismos. Mares en el asfalto.  El monito se había pasado la tarde preguntando  “¿A dónde va señor?” y todos le contestaban tres palabras que a él le sonaban a una sola, fantástica y mágica, un conjuro: Mardelplata.  Mientras limpiaba el parabrisas de un lujoso Ford Falcon Sprint se dijo, esta es la mía. 
–¿A dónde va señor? –a Mar del Plata, le contestaron–.
–¿Me lleva señor?
–Pero vos sos muy chiquito ¿ A qué querés ir  a Mar del Plata?
–Ah me encantaría… A conocer. 
–Bueh, vamos.
–¿Después me trae señor?
–No querido, yo no voy a volver a traerte a vos.
Se puso un cinturón de seguridad por primera vez en su vida y salió rumbo a la que sería su ciudad favorita, siempre.  Como un héroe que parte a conquistar horizontes marcha el diminuto mono. Maravillado hizo lo que sabía hacer: Vender diarios y revistas.  Después se las ingenió para volver solito su alma desde una ciudad donde “Tapalqué”  no era más que una rara palabra.
–Me ausentaba tres o cuatro días y mi mamá no sabía nada –dice–.
Su madre siempre aparece fuera de plano en el relato, fragmentada, como en los dibujos animados donde sólo se ve al personaje de la cintura para abajo. Técnicamente “fuera de campo”. De su padre, en cambio, nada se ve.  Constantemente nombra maestras que fueron su segunda mamá,  familias que fueron su segunda familia, padres de otros que fueron su padre.
Atesora las anécdotas con las que va creando la sensación de un relato cinematográfico. Incluso cuenta que ha grabado su historia en un CD y hasta escrito unas veinte páginas autobiográficas.

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Uno de sus hermanos, el Turco, trabajaba en el lavadero de la estación de servicio YPF de la ruta 51. Un día le propuso trabajar con él. Para aquel entonces el mono solo vendía  billetes  de lotería y vio en aquella propuesta una oportunidad de cambio. La adolescencia le había traído un poco de vergüenza, como una nueva conciencia que lo aguijoneaba a seguir. Tenía quince años. 
Trabajaron juntos  hasta que se fueron a un lavadero propio. –Era un terreno, el que nos llevaba a lavar era porque nos quería. Salían más embarrados de lo que entraban –recuerda con una rara sonrisa–.
Cuando tenía diecisiete años  otra propuesta, Chiquitín Zárate le ofrece el lavadero en la ruta.  Su hermano que ya estaba buscando otro rumbo no tuvo problemas y cada uno siguió su camino.
Ahora tenía su propio negocio al módico precio de dormir en un cuartito miserable del mismo lavadero y trabajar de lunes a lunes. Solo.
En verano el sol castigaba como un látigo, pero estaba el consuelo del agua. En invierno no había consuelo.
–Una vez tuve que romper la escarcha con una pala y meterme al tanque para destaparlo y poder lavar un camión–. En sus manos se ven las huellas tatuadas de aquellos años de trabajo.
Por ese entonces conoció a Marta Lía Caramelo que todavía es su compañera.
–Cuando lo conocí dormía en el lavadero como una ratita, no tenía nada –ella dirá luego–.
Las escenas siguen en un torbellino que la memoria recupera, ahora recuerda la inundación del 80. Se venía el agua, mala e inexorable,  estaba solo en la estación de servicio y la certeza de que una filtración podía ser la ruina le disparó la idea urgente de hacer un piso protector sobre las tapas de los tanques (depósitos de combustible subterráneos). El éxito fue rotundo. No se perdió ni un solo litro cuando el agua lo cubrió todo. Aquella astucia nuevamente heroica le valió dos años sin pagar alquiler por el lavadero.
Siete años trabajó ahí, hasta que siguiendo el consejo de Chiquitín fue a ver un lavadero que estaba en venta en el pueblo.
La mañana del 10 de marzo de 1982, Manuel Cesar Pensado  y Roberto Livio están firmando el boleto compra venta por el lavadero. El sol parece que pone las cosas en su lugar aunque venga el otoño y más tarde el invierno de Tapalqué. El negocio quedó en estos términos: El Mono entrega un Fiat 125, se hace cargo del arreglo de un molino en el campo de Livio y se compromete a pagar un peso por auto que entre al lavadero durante un año.
Así nació, palabras  más palabras menos: “Lava-autos el Mono”. Para elegir ese nombre no hizo falta marketing, porque Manuel cuando todavía era Manuel solía comprar fruta picada en lo Fortunato hasta que un día tiró la toalla cuando el banquete se extendió a la banana número catorce. Del empacho volvió rebautizado “monito”.  El trabajo llovía, la gente sabía quién era.

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La casa es de dos pisos con garaje. Cuando la situación fue mejorando la cocina se amplió con un comedor donde antes era la habitación de sus hijos. El living sin ser muy amplio es cómodo y un gran ventanal con persianas de madera muestra que en la calle ya cae la noche. 
El mate que dejó a medias el mono antes de empezar la charla  y que terminó de preparar Marta Lía, está abandonado al lado del sillón, en el piso. Los recuerdos no lo dejan siquiera realizar el acto mecánico de cebarlo. Promediando el relato se acuerda y ceba uno, dos, tres que se toma rápido buscando mejorar la temperatura  que la pava no conservó.
Cuando nació su primer hijo, Nicolás, todos los días, a la salida del lavadero pasaba por la juguetería y le compraba un juguete. Entraba a su habitación y así molido hasta los huesos de cansancio jugaba tirado en el piso. Así define la felicidad.
El Lavadero le permitió mejorar la calidad de vida, pudo comprar el terreno de al lado para hacer cocheras, pudo tener empleados. Siempre a fuerza de trabajo fue mejorando,  compró una casa a medio hacer y la terminó, cambió un auto por una zapatería, un terreno por una videocasetera, cambió cuatro autos en un día  y fue religiosamente todos los veranos a Mar del plata.

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Ahora hace una  pausa,  se frota las manos, sonríe pícaramente y dice: –te voy a hablar un poquito de fútbol porque es lindo hablar de todo–. Y cuenta por ejemplo  que rechazó una oferta para probarse en una equipo de primera división, cuenta que era un centrofobal rápido, habilidoso, que debutó a los trece años en la primera división de Atlético Tapalqué  con un gol inolvidable contra Cemento que ostentaba un arquero profesional. –Al minuto 37 un zapatazo… pum!, se la clavé en el ángulo. Como esta hay muchas, otra de película: Cancha llena, Atlético con la posibilidad de salir campeón frente a Alumni (si perdía salía campeón Piazza cosa que Alumni no iba a permitir). Todo Alumni a media máquina, menos el arquero que ese día se tapó todo. Era el primer partido que filmaba el doctor Asencio y los jugadores se iban a juntar después a verlo en la sede. Verme por televisión pensó el monito, el canillita, el niño-hombre, esto no me lo roba nadie, y al minuto 44 del segundo tiempo como en un cuento de Sacheri o del negro Fontanarrosa…: –Daniel Casañas se la da a Daniel Rubino  que cruza un centro desde la izquierda, me viene la pelota a mí, le pego de zurda, pega en el palo, vuelve otra vez al lado mío y le pego de derecha con alma y vida… goool! Salimos campeones de la zona.

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Ahora el ventanal muestra la noche definitiva. Adentro una luz artificial exagerada lo envuelve todo brotando desde veladores, lámparas de pie, de techo, apliques en la pared , etc. Después Marta Lía dirá que es por un trauma del Mono por aquellas noches en Santa Rosa, y el Mono dirá: –Nunca vas a ver una luz apagada cuando pases por mi casa.
Detrás suyo en la pared, hay una foto en blanco y negro enmarcada, en ella se los ve al Mono y Marta Lía posando como en una revista. Están casados hace 35 años, detrás de la puerta plegadiza que nos separa de la cocina se oye jugar a su nieto. Lo más preciado y de lo que siente verdadero orgullo es de esa familia que formaron juntos. Dos hijos, Nicolás y Melisa, dos nietos y una nieta. Es su recompensa, dice, por lo mal que la pasó antes. –Yo vengo del hambre –y agrega– lo que hicimos le va a quedar a mis hijos–. De hecho su hijo es quien ahora continúa con el lavadero.
El mono me acompaña hasta la vereda y aprovecha para entrar la bicicleta de su nieto. Nos despedimos y supe que quedaban mil historias por contar  de este pícaro personaje, me fui con la misma sensación que dejaban aquellas revistas  (que tal vez vendía el monito) donde las aventuras del héroe de las historietas  cerraban por unos días con una palabra mágica, continuará…