BETO, EL ÚLTIMO RELOJERO

CUANDO EL RELOJ DE SU MUÑECA MARCA LAS NUEVE EN PUNTO, LEVANTA LA PERSIANA DEL LOCAL Y VUELVE A SENTARSE EN SU VIEJA SILLA DE CUERO NEGRO. LO ESCOLTAN CIENTOS, MILES DE OBJETOS DE ESCALA MÍNIMA; Y TULA, SU COMPAÑERA DE VIDA CON QUIEN BETO LLEVA ADELANTE EL NEGOCIO HACE MÁS DE 40 AÑOS.

Alberto Gutiérrez es el último relojero de Tapalqué. Eso no lo pone nervioso. A sus 70 años, nada parece ponerlo nervioso en el pequeño cuarto de dos por dos, que oficia de taller, separado del local de ventas por una puerta siempre abierta. No lo pone nervioso el constante ingreso de clientes y mucho menos el tic tac, tic tac, que emiten las decenas de relojes que cuelgan en las paredes. A decir verdad, cuando uno ya pasó varios minutos en el local deja de escuchar ese enjambre mecánico, como sucede en las noches del campo con el chirrido de los grillos. Beto pasó su infancia en el campo. A los 7 años devoraba las historietas de las revistas D´artagnan y Nippur. Piratas, soldados, viajes por el espacio, verdaderas aventuras; pero lo que más lo ilusionaba eran los anuncios que decían, le decían: “Estudie relojería”. Y en el silencio de la noche aunque los grillos estaban, Beto soñaba con ese mundo de engranajes y maquinarias perfectas que echaban a andar el tiempo.

Al ingresar al local la puerta dispara un timbre ronco sin razón de ser porque siempre hay un cliente adentro; o dos, o tres o diez en fechas especiales: Navidad, día del padre, de la madre y desde hace unos años día de los enamorados. Tula recomienda, ofrece opciones según lo que el cliente quiera gastar. Si es un regalo, sólo basta nombrarle al agasajado. –A ella le gustan los anillos ¿puede ser algo así? –Dice, con uno en la punta de los dedos–. Por el tamaño no hay que preocuparse, si Beto alguna vez simplemente vio la mano, sabe la medida. –¿Beto te acordás de esta clienta qué medida? –Un 18 –Sentencia certero el relojero–. La pared de la derecha esta revestida con relojes, algunos detenidos, otros mienten la hora o marcan la de China, de donde salen andando. Sólo uno indica la hora exacta. En la pared del fondo, una vitrina con relojes pulsera y despertadores llega hasta el techo. En los mostradores de vidrio paralelos a ambas paredes se exhiben anillos , aros, de nuevo relojes, medallas, pulseras, etc., a la izquierda y en todos los huecos hay artículos de bazar; se cruzan cerámica, porcelana, cristal, vidrio, y adornos indefinibles. En la vidriera, una síntesis de todo eso. 

Su ilusión crecía en las visitas al pueblo. Con su padre tenían una parada obligada, la que por entonces era la relojería del lugar. –Íbamos a lo Pica, porque mi papá era amigo de Neco y me encantaba. Pasaron los años y de la colimba volvió con la decisión tomada: trabajar en la relojería de Tenaglia con los hermanos Madueña. Con ellos aprendió lo indispensable para hacer reparaciones. –Cuando cierra Tenaglia me voy a sacar fotos con Edmundo Vega, y ahí arreglaba relojes también, ya me largué solo. Después cierra Edmundo, cerraban todos –dice riéndose–. La recorrida de locales se detuvo cuando su padre compró el lugar donde está hoy. Cuando aparecieron los relojes digitales Beto los odiaba, pensaba que se le terminaba el trabajo, pero no fue así, ni los celulares lograron extinguirlo. –La gente no se fía de los celulares, se te quedan sin batería y te quedás dormido –dice Tula–. Ahora en marzo empiezan las clases y la gente viene a comprar o arreglar los despertadores.

Quizás en algunos oficios el cambio de escala no signifique nada, pero en otros los vuelve ciencia ficción. Cuando en 1995 el Dr. Romera, por entonces intendente de Tapalqué, lo convocó para arreglar el reloj de la torre de la iglesia San Gabriel Arcángel, Beto supo que era lo más importante que le iba a pasar en su profesión, superaba por varios cuerpos cualquier Rolex en el que hubiera metido mano. –Es una máquina como todo esto –dice señalando con la mirada su taller–. Ni más chico, ni más grande. Cada vez que Beto subía la empinadísima escalera caracol sintiéndose el hombre menguante, eso que podría ser un sueño de relojero se le volvía pesadilla. No había caso. Simplemente no lo podía hacer andar. Una semana durmiendo mal, comiendo poco o nada, su cabeza no podía descansar sin el movimiento del reloj que mira todo el pueblo. Por esos días se acordó más que de costumbre de su padre, que no podía dormir sin el tictac en la mesa de luz del reloj despertador. Y entendió. –Una noche me llevó toda la noche, desde que me acosté temprano, no sé si cené ¡mirá! Y a las 6 de la mañana, me acuerdo la hora y todo, encuentro el problema, acostado – dice y se ríe–. Esa mañana fue y lo hizo andar y no dejó que se detuviera hasta hace unos años cuando su salud le impidió seguir subiendo a darle cuerda.

Con los años también aprendió joyería y lo apasiona, suelda con oro y plata, graba, hace alianzas. –Hubo una época que me venía hasta los domingos. Extrañaba, ahora ya no. Es puntual y aunque parezca una redundancia vive pendiente de la hora. –Me gusta estar cuando le digo a alguien a tal hora, o cuando tengo 5 minutos para tal cosa los aprovecho, siempre estoy mirando el reloj. Hay algo de oriental en la calma de Beto. Si un samurái cebara mate lo haría como él; el mate va y viene, es un péndulo acompasado con la charla. Al repasar su historia esa calma se vuelve melancolía. –¿A dónde irán a parar todas estas cosas? –Se pregunta en voz alta mirando a su alrededor–. ¿Al arroyo? –Bromea–. –Seguiré poniendo pilas, eso sí, y con el taller a lo mejor sigo, hasta que se me termine el aire; pero vender y eso… no. Hay clientes que viven en Bs. As. y que aprovechan el fin de semana largo para arreglar el reloj con Beto, y hay de los más llamativos que cruzan todo el pueblo para que el relojero le cambie la pila al despertador o a la linterna, pilas de esas que se venden en cualquier kiosco. No te mueras nunca suele decirle algún cliente jugando con la idea de que es el último relojero. Nunca nadie fue a preguntarle para aprender el oficio. –Hay que tener mucha paciencia, dice.