CRÓNICA: Tito Tavella: modelo para armar

TITO TAVELLA: Modelo para armar

“…aquella buhardilla era para mí algo más que el lugar donde podía gozar a mis anchas del placer del principal de mis hobbies, el aeromodelismo. Aquella buhardilla era la prueba concreta de mi triunfo en la vida. Yo Juan Salvo, no era rico, pero mi pequeña fábrica de transformadores me permitía vivir a gusto, tener la clase de placeres simples que eran todo mi horizonte. Sí, era dulce la vida aquella noche helada en mi chalecito de Vicente López, cálido como un nido”.

El eternauta– H. G. Oesterheld 

Heriberto “Tito” Tavella tiene 78 años, se jubiló de escribano, de profesor de matemática de nivel medio, es coleccionista apasionado de radios antiguas, es el ultimo radioaficionado de nuestro pueblo, fue aeromodelista, estudió dibujo por correspondencia y cuando cumplió 18 años se afilió al partido Radical. Fué intendente en el año 1987, antes había sido el primer Secretario de Acción social y más tarde fue concejal, además de presidente de su partido. Es padre de cuatro hijos y tiene una curiosidad inagotable y voraz.  

El aparato emite  los silbidos ondulados de  la interferencia, la mano suave mueve milímetro a milímetro el dial, todo el cuerpo parece una antena dispuesta a interpretar las ondas electromagnéticas. El hombre que oye atento se ha estado moviendo lentamente, con pasos cortos, por el cuarto donde atesora una colección de radios antiguas que él mismo restauró y conoce a la perfección. Ahora el aparato emite en código morse. El hombre que todos conocen por Tito tiene 78 años,  nariz recta, boca pequeña de sonrisa amable y algunos pelos canos cruzando por la cabeza ahora ocultos por una visera de verano. Sus ojos, detrás de los anteojos, bucean en la inmensidad del espacio. El Morse sigue picoteando el ambiente y Tito se palpa el bolsillo de la chomba buscando algo para anotar. Mira a su alrededor hasta que en un papel cualquiera transforma esos pitidos en letras y luego responde. La mano derecha empuña un pequeño artefacto de otro siglo, y pulsa, repiquetea, salpica, un código universal que un otro develará.  

Cada vez que trasmite siente la misma emoción, no importa que sea el año 2020 y ya hayan pasado más de 60 años de su primera transmisión como radioaficionado. Siempre es mágico.  

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Promedia enero, son las  17:00 hs y la temperatura supera los 30 º. Voy en bicicleta hacia el centro geográfico del pueblo. Las calles son un estereotipo de pueblo, una  postal de la siesta, hasta que desde un comercio levantan las persianas y el sonido metálico, exagerado, rechina sin competencia ofendiendo la tarde. 

Frente a la plaza principal dos tilos enormes guarecen la casa y la envuelven en perfumes terapéuticos. La fachada, aunque restaurada, conserva su esencia de principios de siglo XX, cuando los constructores parecían haber perdido la escala humana. La entrada: una puerta de hierro de doble hoja, un escalón de mármol y un zaguán con piso de mosaicos calcáreos. Golpeo y aparece Tito Tavella. De ahí en más no existirá el presente, todo será diseccionado y tendrá su relato de origen. Cada apellido tendrá su referencia de por lo menos tres generaciones y una lógica amable y apasionada lo cubrirá todo como la noche. 

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Su abuelo Tavella llegó de Italia con 14 años cumplidos arriba del barco en 1874  -Tito conserva el pasaje- y en 1887 con 27 años fundó la panadería El progreso. Esos trece años, desde su llegada hasta que abrió la panadería, son una nebulosa  que Tito no ha podido disipar. 

—Tal vez trabajó con quien iba a ser mi bisabuelo Balvi y ahí se hizo de novio y se casó con la hija, no sé. Calculo que sí, ya que eran del mismo pueblo de Italia. No sé como habrá venido hasta acá,  porque ferrocarril no había  —piensa en voz alta, se pasa la mano por el pelo —debe haber llegado a Azul. No, tampoco había ferrocarril en Azul —se refuta —no sé, habrán venido en carro —aventura tratando de entender aunque más no sea eso.  

El apellido de su abuela paterna es Balvi. Esa historia sí la tiene completa.  

—En este terreno estuvieron los indios y después mis  bisabuelos. No hubo nadie en el medio. Esta esquina era toda de los Balvi. Mi bisabuelo era herrero de carros.  

Su padre continuó con la panadería y su madre se dedicó a la crianza y al cuidado del hogar. Tiene una hermana mayor y una menor. Eran una familia de clase media de pueblo- como sigue siendo su familia hoy en día- y eso se traduce no en lujos, pero si en oportunidades que con sacrificio y una inteligencia brillante supo aprovechar. 

Tito se casó muy joven y tuvo dos hijos, Pablo y Paula. A los diez años de matrimonio su compañera falleció después de una larga enfermedad. Con los años pudo rehacer su vida y se volvió a casar con “Mary” Mangieri, con quien tuvo dos hijos Juan Cruz y Eliana. 

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El ambiente en el que estamos es grande, de techos altos, luminoso y es una ampliación relativamente reciente, de lo que antes había sido una galería cerrada con mamparas, que en esas casas funcionaban como distribución al resto de los ambientes. En el centro hay una mesa de cedro con seis sillas, el mismo juego de su infancia. Oculto bajo un tinte caoba un tramo de la mesa es de pino, el cedro original lo usó Tito, en su adolescencia, para hacer la proa de un barco que navegó cuatro temporadas en el arroyo. 

Fijate pasale la mano, vas a notar la diferencia —me invita acariciándola, como al lomo de un animal que ha domesticado hace años. 

Viste jean y camisa mangas cortas a cuadrillé en tonos bordo. Habla tranquilo, no monótono, con un vocabulario amplio, a veces técnico a veces didáctico y siempre preciso.  

—Nací el 5 de diciembre de 1941, dos días antes de que los japoneses invadieran Pearl Harbor, la base estadounidense. Yo digo siempre, a titulo de chiste, que estaban esperando la orden mía para atacar —se ríe  —aunque más pacífico que yo, difícil que haya otro. 

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En Tito vive una actitud ya extinta, la inquietud por saber cómo funcionan las cosas. No la mera aspiración a usarlas, sino a entenderlas, desarmarlas y volverlas a armar. Esa curiosidad que era promovida por revistas como Mecánica popular o Hobby en los años 50, cuando la tecnología inundó los hogares con la promesa de mejorar la vida, duró algunos años hasta que el mundo se complejizó volviéndose una caja negra indescifrable. Hoy, por más curioso que uno sea no llegará a entender,  por ejemplo, cómo es que en un pendrive pueden guardarse las fotos de las vacaciones de toda una vida.  De todas maneras en él esa llama nunca se extinguió, muy por el contrario, se trasladó a todos los aspectos de la vida. Ahora ubicado en el ombligo del pueblo, en cada anécdota, en cada reflexión, en realidad lo que hace es poner en marcha su inteligencia para desarmar y comprender todo tal si fuera una máquina o un circuito; inclusive este pueblo, que no cambia por ninguna ciudad del mundo. 

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El frio húmedo de junio se cuela en la ropa, o los vientos de agosto empujan a contramano, o el calor adelantado de diciembre agobia. No importa. Es un día cualquiera, de una semana cualquiera de 1950 y Tito sale de la escuela Nº 1 Nicolás Jurado, de guardapolvos blanco y portafolio. Sin perder un minuto hace las tres cuadras y media que lo separan de la panadería de su papá, se sienta al lado de una enorme radio Telefunken y ahí permanece clavado por quince minutos, que es lo que duran los episodios de “Tarzán” trasmitidos por radio Splendid de Buenos Aires, auspiciados por la marca Toddy. Esa escena se repetirá todos los días por años. 

—Esas son cosas que te quedan en la memoria, me parecía que tomando Toddy me iba a poner como Tarzán —recuerda ahora entre risas. —Esa radio Telefunken era hermosa —y parece verla mientras estira la “r”. 

—¿Ahí nació tu pasión por la radio? 

No sé, siempre me interesaba. Ver que salía una voz de una caja, uno decía ¿hay gente adentro? —dice riéndose —pero mi mayor interés nació después, cuando Tapalqué se quedó sin luz , allá por el año 52, 53. 

El relato sigue pero lo interrumpo, “¿Cómo que se quedó sin luz?”. Hace un pausa y la historia ahora se remonta al año 1922 con la fundación de la usina y la biografía de  su fundador. Al relato no le faltará nada:  definirá la corriente alterna, la continua, se detendrá en los tipos de motores, pasará por las cuestiones legales hasta llegar a 1952 cuando el pueblo se quedó sin luz por una sumatoria de causas que involucran un cortocircuito, pero esta vez entre los privados que sostenían la usina y el Estado. 

—Tenía pasión por la usina, en verano abrían las ventanas y yo iba en bicicleta,  me colaba para ver como encendían los motores. Tendría doce años. —Consciente de la bifurcación del relato vuelve —Bueno, pero entonces como no había luz y a mí me gustaba escuchar radio, empecé a interesarme por las radios galena, que se podían escuchar sin luz eléctrica.  

Una radio a galena es un receptor de radio AM que empleaba un cristal -galena- para “detectar” las señales de radio en amplitud modulada en la banda de onda media y corta. Se trata de un dispositivo de fabricación simple, muy conocido de iniciación a la electrónica tanto en el campo de la educación como entre los radioaficionados. 

—Agarré unos libros viejos que andaban por ahí y me acuerdo que a Marconi, un hombre que era pedicuro, le cambié un motor de aeromodelismo por un libro de radio. Un clásico norteamericano The radio amateur´s handbook– El manual del radio aficionado-”, la edición de 1940,  todavía lo tengo. 

Con ese libro dio los primeros pasos en una actividad que jamás abandonaría. A los 14 años fabricó una radio galena, más tarde una a válvulas. Le siguieron unas vacaciones trabajando con Franklin Petey donde también armaban radios; y por supuesto visitar a todos los radioaficionados del pueblo. 

—¿Vos tomaste recién? Sí —se contesta antes que pueda decir lo mismo  —A ver, esperá que voy a traer unas macitas porque el mate amargo solo es demasiado amargo, viste.  

Vuelve con un paquete de galletitas Lincoln, lo abre, coloca algunas en un plato y cierra el paquete haciendo un torniquete en el espacio vacío que dejaron las galletitas y lo aparta. Entusiasmado en el ir y venir de los tiempos se perderá un par de veces más en el orden del mate y me hará de nuevo la pregunta, “¿Tomaste vos?” Siempre diré que sí.  

Su pasión por las radios tiene varias aristas. Por un lado la colección de radios antiguas, por otro su actividad como radioaficionado. Sacó la licencia a los 17 años y la viene renovando ininterrumpidamente hace 61 años. Y por último la fabricación de los aparatos para trasmitir. Tiene 5: dos portátiles y tres fijos.  

Aunque es el único que sigue trasmitiendo en nuestro pueblo, no está solo. En Argentina hay 16 mil radioaficionados y 136 radio clubes. Es la red social más antigua y de mayor duración que existe. Y consiste básicamente en una comunicación que se establece por ondas de radio con fines de capacitación, entretenimiento y servicios a la comunidad. Los radioaficionados prestan servicio de comunicación durante catástrofes naturales, cuando las demás vías se vuelven inútiles. Incluso en guerras o en casi guerras como dirá Tito para referirse al “conflicto del Beagle” entre Chile y Argentina de 1978 . 

Aquel diciembre, desde el aparato de radio ubicado en el altillo de su casa, cada amanecer, se oía una voz acartonada pasando lista hasta que al pronunciar “¿Doble Alfa Sierra 22?”, Tito respondía: presente. Ese es el nombre en código que el ejército Argentino le había dado junto a una orden precisa: estar a disposición del ejercito como observador del cielo desde el crepúsculo matutino al crepúsculo vespertino. Para eso le enviaron una carpeta con las siluetas de los aviones chilenos y la orden de reportar por radio cada avión que surcara el cielo de Tapalqué. Al principio al oír ese código secreto Tito se sentía un poco James Bond, aunque la situación se parecía más al Superagente 86. Fueron 20 días aplastado en una silla haciendo poco más que sombra en el fondo de su patio, mirando para arriba como un pozo y oyendo a través de las  nubes cuando había. 

—La gente te dice ahora, los radioaficionados con el tema de los celulares ya pasaron a la historia. No, es otra cosa. Es como decir los botes a vela no andan más porque hay a motor.  

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Cuando estaba en tercer año del colegio ya había decidido estudiar ingeniería en telecomunicaciones en La Plata. Como la orientación del colegio Bartolomé Mitre no era la que más le convenía decidió irse a terminar el colegio en Azul. La ruta  era de tierra y esos 50 kilómetros nos alejaban mucho más que ahora. Viviendo en una pensión cursó cuarto año y rindió libre quinto, sin sobresaltos. No recuerda haber agarrado un libro para estudiar, con las clases le bastaba. Cuando rindió en marzo la última materia libre ya era tarde para el ingreso en ingeniaría. Así que pasó un año en Tapalqué, dando una mano en la panadería y alimentando sus hobbies. 

Al año siguiente rindió el ingreso y cursó el primer cuatrimestre, obtuvo excelentes notas sin demasiado esfuerzo. Pero algo le empezó a hacer ruido. Tapalqué era su lugar en el mundo y con ese título poco podía hacer en el pueblo.  Recordó entonces que un escribano amigo de la familia le había dicho: “Estudiá para escribano y te venís a trabajar conmigo”. Primero habló con su mamá, después se lo dijo a su padre. “Si me hacés caso a mí, hacé lo que vos quieras”. Fue la respuesta que le dio total libertad.  

Sin perder un minuto se fue para La Plata para volverse a Tapalqué. Empezó a rendir libre las materias para escribano. El primer año, rindió una, el segundo rindió la segunda. “¿22 materias? le preguntó su madre. Así que vas a tardar mínimo 20 años más. No mijito, te quedás acá trabajando en la panadería o te me vas a La Plata y te me recibís lo más rápido posible”. En tres años estaba de vuelta el escribano en su lugar preferido del mundo y con trabajo. Qué más podía pedir. 

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No hace demasiados ademanes, solo cuando indica alguna dirección del pueblo. Por momentos junta las manos y juega girando los pulgares, se toca el pelo o apoya el puño de la mano izquierda sobre el muslo formando un ángulo de 90º invertido. Esos serán todos los movimientos que hará, además de cebar el mate,  mientras viaja en el tiempo. 

—¿Aeromodelismo hacías desde más  chico? 

—Sí, porque antes en la escuela en la parte de manualidades a las chicas les enseñaban a bordar y a nosotros no enseñaban aeromodelismo. Modelos simples, sin motor. Es una actividad sana, linda, jugando vas aprendiendo principios de física. Hoy ha cambiado todo, hoy los chicos manejan la computadora, la manejan es cierto, pero a mí siempre me intereso ir más allá, cómo funciona, yo quiero ver más. Me acuerdo que mi tío una vez me trajo un avión de madera y yo quería ver cómo funcionaba y lo rompí todo. No tenía nada, era madera. Otra vez me regalaron un camión de bomberos y también le pegue un martillazo para ver que tenía adentro —se ríe —Siempre tuve esa curiosidad. 

Mantuvo el hobby del aeromodelismo hasta los primeros años de Pablo, su primer hijo.  

—Tengo ahí un modelo a motor radio controlado. Traté de interesarlos a los nietos pero no  te dan pelota viste, están para otra cosa. Pero bueno quedo ahí como dice Gustavo Adolfo Bécquer “esperando la mano de nieve, que sabe arrancarlas” 

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—Mi abuelo, participó de un movimiento republicano en Italia, no recuerdo el nombre. Mi tío Miguel tuvo un cargo en la municipalidad en la época de Irigoyen. Creo que fue el que le hizo sacar el alambrado a la plaza.  Claro, se explicaba en aquella época por los animales. Como dice el Chango Rodríguez “en la plaza Villa Allende, un agente  en bicicleta espantaba los caballos, era el cabo tijereta”. 

Mi viejo, si bien no participaba en política, leía mucho y comentaba mucho; a mí siempre  me interesó. No bien tuve 18 años fui con mi libreta recién entregada y me afilié al Radicalismo. En La Plata iba a todos los actos radicales que se hacían, pero realmente la militancia la tuve acá, allá no. Si me dedicaba a eso no me dedicaba al estudio y mi vieja me esperaba contándome las materias que daba —se ríe. 

—Siempre estuve vinculado al partido. Después cuando nace el Movimiento de Renovación y Cambio en el 72 yo me fui con esa parte joven, ahí empezaba Alfonsín. Éramos muy poquitos, la primera elección interna la perdimos 92 a 15. 

En 1987 tenía 47 años y fue elegido intendente. Gobernó cuatro años, y aunque hace un balance positivo de su gestión, lo vivió como una carga. Los meses de hiperinflación de 1989 fueron caóticos. Era una economía sin precios, disparatada, una situación que algunos especialistas asemejan a la angustia y desesperación que una población vive en un estado de guerra.  

Cada mañana salía de su casa, atravesaba la plaza Adolfo Alsina para entrar en la municipalidad y no había canto de aves, ni rosales perfumados, ni aire fresco que aliviara el mantra que sonaba en su cabeza “¿Cómo voy a pagar los sueldos a fin de mes? “ 

Ese mismo año sufrió un pre infarto.  

Cumplió su mandato y no se presentó para una reelección. No existía golpe de martillo capaz de develar el funcionamiento del absurdo económico. 

En 1995 sufrió otro infarto. Estaba todavía convaleciente en el hospital de Azul, cuando Chinipo Vázquez lo fue a ver para decirle: “Te queremos de primer concejal; es la condición que pone Norberto Noseda para ir de candidato a intendente”. 

Tito no pudo negarse y, aunque esas elecciones dieron como ganador al Dr. Romera, cumplió su mandato de concejal y ese fue su último cargo público. 

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A los 18 años su padre le regaló una moto, que después tuvo que vender para pagar el alquiler cuando se casó.  

Cuando su padre falleció, la mamá quiso vender la casa, mudarse a algo más chico. Así que con un crédito del colegio de escribanos Tito compró la casa de su infancia. 

—Y acá estoy hasta que Dios diga basta, soy parte de estas paredes. Soy muy apegado a las cosas. Tengo juguetes de cuando era chico. Tengo un  proyector de cine graf a manivela, venía con un rollito de 16 milímetros. Eran dibujos animados mudos. 

—¿Pero con la tecnología también te manejás? 

—Sí, sí yo me adapto. En el 85 ya compramos una computadora TK200. Después compre la Comodore 128. Uso mucho internet, porque gracias a eso hay mucho intercambio de información, muchísimo.  

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Un día del verano 2020.  

Son las 8:20 Tito se levanta, apacible, prepara el desayuno. Hace rato que no se queda de madrugada trasmitiendo y ahora hace mucho calor para subir al altillo donde tiene ,entre muchas cosas, el trasmisor de radio. Mientras se calienta el agua para el mate, quizá repase alguna lista mental de los mandados que hará más tarde, o piense en que a la tardecita irá a la chacra. A esta hora de la mañana, su vecino ya le habrá “recorrido”, no suele llevarle mucho tiempo, son 20 hectáreas propias más 30 arrendadas. Lo entretiene pensar que la semana que viene venderá unos terneros y que ya tiene el negocio medio apalabrado. Sabe que no es mucho, una renta y una changuita para algún tercero.  

Comparte unos mates con Mary, conversan, hacen los mandados o dan una vuelta por gusto nomás. Nunca se aburre. A la noche, quizás, como suele hacer algunos viernes, se arrime hasta el Club Social, cene con amigos y jueguen al truco, por amor al arte nomás. 

Así son los días de un hombre feliz, en tiempos donde ignorar el funcionamiento de las cosas no nos priva de la felicidad. Pero aún así Tito añora el martillo sobre el  juguete. Porque como se intuye, no era solo el funcionamiento de los objetos lo que se pretendía comprender, sino el de la sociedad toda.