Saul Pedemonte: una vida a la costa del alambre

Saul Pedemonte, a sus 66 años sigue trabajando en un oficio que heredó de su abuelo: es alambrador y al trazar límites caprichosos en la inmensidad de la pampa se interna en los secretos del campo.

La foto me llegó por un mensaje de whatsapp y la escena es así:
En primer plano hay un fuego encendido con varillas y postes rotos de alambrado, sobre los que hace equilibrio una pava cubierta de tizne y abollones; arriba de las brasas, en esa yaga abierta en la tierra, corcovea una parrilla con un asado dorándose: dos patas en el suelo y dos suspendidas en el aire sujetas con un tiro de alambre desde una pala clavada en la tierra. Al lado de la pala una botella de cerveza pero que ahora es recipiente de salmuera. Estacionada estratégicamente para hacer reparo una camioneta Dodge, de un rojo empalidecido a viento y sol, ofrece una cinta de sombra para el agua fresca y una ensalada de tomate y lechugas cortada en una bolsa. Solamente en un rincón, a la derecha del cuadro, aparece el horizonte interrumpido por montes de eucaliptus, manchas brumosas que nos ayudan a entender la profundidad abismal de la llanura, nuestro paisaje hecho de luz. 
Parece una escena montada que recrea cierto costumbrismo rural pero es en realidad el alto para almorzar que han hecho Saul Pedemonte y sus hijos, Perico y Tito. Están trabajando en el campo, son alambradores, y ese mediodía de julio el invierno les regalo un día perfecto.
Pero no siempre es así:
—Es muy sacrificado loco. Ayer me engarroté, había una helada bárbara, igual se levanta el vientito y se derrite enseguida, pero me engarroté. Vi que en Mar del Plata había temporal así que se va a venir el frio más fuerte, queda invierno pa´rato  —dice Saul sentado en el comedor de su casa  acodado en la mesa cerca de una  estufa salamandra que, en silencio, entibia apenas el ambiente  —y sigue —la casilla mía, ya la agarré para poner herramientas, tipo galpón. No la saco más, ahí quedará para el resto de su vida. Antes ataba la casilla y me instalaba en el campo y capaz pasaba toda una semana.
Saul tiene 66 años y es alambrador desde los quince, cuando su abuelo a los 82 años decidió quedarse en la chacra a cuidar los animales y que lo reemplace él. Un enroque de ocupaciones que se volvió  el oficio de toda su vida. Aunque ya desde los ocho años cada fin de semana o feriado lo acompañaba a trabajar. Los días de semana en cambio, iba a la escuela; a un par de leguas a caballo de la chacra estaba la escuelita del Triángulo. Cuando terminó no pudo seguir estudiando y  todavía hoy  recuerda cómo le gustaba.
—Me hubiese gustado estudiar, en Tapalqué  en ese tiempo estaba la Monotécnica, y por el asunto de cuidar la chacra no pude seguir. Tenía ganas, me gusta todo el fierrerío, viste que yo soy medio inventor —se ríe y repite — me gustaba un montón; inclusive de lo que puedo inventar y teniendo herramientas, invento.

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El alambrado es un hito en la historia económica de nuestro país. Cambió rotundamente la producción rural, se delimitaron las zonas agrícolas y por fin se podría tener una dimensión real de los campos y de la propiedad del ganado. A su vez que se pudo promover la genética de algunas razas por sobre otras. A mediados del siglo XIX, en el Labrador Argentino se publica por primera vez un artículo llamado “Cercos” en el cual se enumeran los motivos que han detenido el progreso del campo argentino, y se refieren en especial al alambrado como solución para muchos de los problemas del campo de ese entonces.
En tiempos de Juan Manuel de Rosas, alrededor de 1845, un estanciero inglés, Richard B. Newton, importó desde su tierra natal el primer alambrado. Lo utilizó para proteger jardines y huertas en su estancia “Santa María” en Chascomús. En tanto que la primera estancia de la que tenemos registro con alambrado en todo su perímetro perteneció al cónsul prusiano Francisco Halbachen, en la zona de Ezeiza. Con el tiempo, tímidamente, los estancieros criollos fueron animándose al alambrado; tan tímidamente que el propio D. F. Sarmiento siendo Presidente de la Nación pronunció una frase letal: “Gasten lo necesario y hagan estable su fortuna. Cerquen, no sean bárbaros”. Pero no se quedó solo en palabras ya que promovió a través del Congreso de la Nación facilidades económicas para que los propietarios de la tierra pudieran alambrar.
Ese alambrado que para Sarmiento era el progreso, terminaría modificando no solo la producción rural sino también y sobre todo el territorio. Esa inmensidad, ese mar de tierra donde aún tronaban ecos de malones y donde los gauchos podían gozar de cierta libertad dejó de existir. Aquellos jinetes errantes que bajaban a la yerra o a los arreos y luego se hundían en la pampa, ahora con el paisaje hecho de geometrías con propietarios, se verían empujados a atarse a la tierra ajena y volverse peones de estancia. Claro que el propio Sarmiento lo sabía, “antes del alambrado, podía decirse: todo el país es camino” dijo en 1878.

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Estamos sentados a la mesa del comedor, de fondo un televisor encendido en un canal de noticias. El ambiente es grande y esta sin revocar, el techo es la chapa desnuda. La voz de Saul es grave, por momentos profunda  y cuando se ríe  llena el aire a veces con la “E” y otras con la “A”. Si bien el oficio lo heredó de su abuelo venido de Italia,  los rasgos y el color de piel se los debe a su abuela santiagueña, de apellido Santellán.  
La conversación nos lleva a  los  primeros trabajos.
—Cuando volví del servicio militar  necesitaban alambrador en lo Uzubiaga, que eran 15 mil hectáreas. Así que ahí empecé. Trabajé como un año, hice unas cuantas líneas ahí.
En esa misma estancia había un puesto vacio, Saúl lo pidió y se fue a vivir al campo con Carmen, su compañera. Por esos años solía ayudarlo, trabajaban codo a codo mientras sus hijos pequeños dormían en un improvisado moisés al reparo de los pajonales. Trabajó de forma efectiva y solamente en alambrados de esa estancia durante tres años.
Si bien se trata de un trabajo independiente, la vida laboral de Saul se ha mantenido entre unas cinco o seis familias de hacendados locales. Cincuenta años de oficio, cientos  de miles de metros de alambre, miles de hectáreas, pero los apellidos se cuentan con los dedos de una mano. Aunque Saúl también ha sido testigo de lo que podríamos decir casi la única forma de reparto de la tierra por estos lares; los herederos. Un primer dueño a lo sumo hace cuatro generaciones y de ahí a los hijos y a los hijos de los hijos. No hay mas misterio.
—Yo conocía el campo más que los herederos, hasta los pozos conocía— dice riéndose, un poco en chiste un poco en serio.

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La mañana es clara, el cielo es una bóveda de luz que lo pone todo a brillar. El viento enfriado a campo abierto escarba en los resquicios de la casa, entra y le recuerda cosas a Saul.
—En  la época que el viejo, mi abuelo, me mandó a trabajar, nos manejábamos en una chata (carruaje de carga) y hacíamos una carpa con chapas, cuatro de cada lado y se hacía un mojinete, así le decían ellos. Un palo en cada punta, un travesaño y las chapas.  Dormíamos en el piso —se para y trae un pequeño cuadro con tres fotos, donde se ve en blanco y negro el enorme carruaje y un grupo de hombres. Los dedos chocan con el vidrio señalando al abuelo y a sus tíos, en cambio los ojos lo atraviesan y se hunden en la escena; Saul ahora está metido en su historia, en su familia y en lo que significa continuar con un oficio  hecho de sacrificios.
Su abuelo que nació en 1891 había empezado con el oficio de alambrador a los 19 años, Saul no sabe cómo fue que  lo aprendió, pero sí que fue unos de los primeros en alambrar por esta zona. Antes había sido chasque de la estancia de los Crotto. Un caballo, un recado y un winchester lo acompañaban llevando y trayendo mensajes por las entrañas de estas tierras infinitas.
Desde aquellos años de su abuelo hasta hoy, más de cien años han pasado pero el oficio no ha cambiado prácticamente nada. Mejoraron algunos materiales, empeoraron otros. Ahora alguna herramienta facilita un poco el trabajo, la hoyadora por ejemplo, es una especie de taladro enorme que gira con un motor a combustión y permite hacer pozos en zonas blandas.  Algún taladro a batería o a combustión reemplaza los viejos berbiquí de pecho, pero no mucho más. 
—Hay cosas que se siguen haciendo a mano. Manear todas las varillas con alambre, por ejemplo. Se manea a mano con una herramienta que se llama “california”,  varilla por varilla —mientras habla las manos robustas, pétreas, imitan movimientos de herramientas que tensan, retuercen o aprietan alambres imaginarios. Cuando la explicación se acaba las manos vuelven a ser simplemente manos, una descansa pesada sobre el muslo, la otra repiquetea con la punta de los dedos en la mesa. 
—Un alambrado con buen material dura ochenta o cien años, no se rompe de un día para otro. El primer alambrado que hice esta impecable todavía y fue hace 50 años.  A ese no lo voy a hacer yo de vuelta. Con buen material un mismo trabajador no hace dos veces el mismo alambrado. Es muy difícil que se repitan, ni el patrón ni el alambrador.
Un poste, siete varillas en doce metros, un poste, siete varillas en doce metros, un poste, siete varillas. Así en diagonales que fugan al horizonte.
Ahora me cuenta, con la seguridad de la experiencia, que un alambrador trabajando bien puede hacer un promedio de cincuenta metros por día. Y que trabajando entre dos, hacer mil metros les demanda una semana.
— Hemos pasado la vida en la costa de la alambre. Vengo de cuna de alambradores pero en la familia ya no queda ninguno en el oficio. Mi papá murió antes de que yo naciera, él murió en abril yo nací en mayo, nunca se supo en aquel entonces si se envenenó o si lo envenenaron. Mi mama  vivía con mis abuelos en la chacra; el viejo me educó, me enseñó a trabajar, es la herencia que me dejó: el oficio.
— ¿Vos le enseñaste el oficio a alguien?
— El que sabe es Perico pero no le gusta, el día que yo no trabaje más no trabaja más tampoco — larga una carcajada  grave y agrega —es un trabajo bravo,  tenés que trabajar muy bien, ser detallista para que el “rico” no te diga nada. Mis sobrinos siguieron hasta que vivió su padre, después dejaron. Se acobardaron también.
Le pregunto si da para vivir, y me dice:
— No hacés plata pero vivís bien. De lo alambradores viejos todos estamos más o menos iguales. Yo crié mis siete hijos y vivimos. No me sobra nada pero tuve la suerte de tener la conducta del abuelo.

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El oficio sigue igual pero el campo cambió. Saúl ha sido testigo de cómo las estancias que parecían pequeños pueblos, con una treintena de empleados con familias, se esfumaron reduciendo el número a uno o dos trabajadores.
—El campo ha cambiado. Cuando empecé por ejemplo carneaban una vaca el lunes y aguantaba hasta el jueves, y del jueves al lunes carneaban ovejas; siete, ocho capones por día. Para todos los que laburábamos en la estancia. Ahora vas y te tenés que llevar la carne. Antes en una estancia había: mensuales para recorrer, el parquero de la estancia, el galponero que cuidaba los galpones y carneaba. En ese tiempo estaba Chucho Herrera de galponero y Mousupes de parquero. También había un  herrero que era Pedro Vila y  hacia todo los arreglos; de esos herreros viejos que forjaban.
Saul habla y sigue mencionando aquel campo que ya no existe y que conoció a fondo. En su relato parecen tener sentido las palabras de aquella milonga que dice : “no venga a tasarme el campo con ojos de forastero, porque no es como aparenta, sino como yo lo siento”.
— Conozco todos los secretos del campo.
—¿Tiene secretos el campo?  —le pregunto.
— Sí,  uno nunca termina de aprender,  siempre hay algo sin haber visto, siempre hay algo distinto.  
La idea de los secretos  del campo lo conecta, en realidad, con los misterios, historias de fantasmas, de aparecidos, o luces malas, que le gusta replicar como verdades que ha vivido en carne propia. Dice por ejemplo:
—En lo Yarabide también trabajé. Setecientas hectáreas de monte, imaginate. Linda estancia para vivir pero no tenés que tener miedo —advierte y deja picando la pregunta:
— ¿Por qué?
— Y… a la tardecita se oscurece todo, no se ven ni las manos, esta tan rodeado de monte que no entra la luz. Cuando yo estaba ahí me dijeron: “loco no te vas a asustar si sentís ruido y ves a uno que pasa caminando , porque pasa una sombra siempre. 
—¿Sos de tener miedo?
—No no —asegura y trae otra anécdota —Hay otra estancia del tiempo de los indios donde todavía están las troneras en las que se defendían de los malones. Ahí siempre se escuchan escopetazos.
— ¿ Hay historias de los indios “en el campo”? 
—Sí, sí —me responde y parece que voy a tener que insistir para que suelte prenda.
— ¿Qué se cuenta?
— Y…  son como almas en pena que han quedado, aparecen sombras, ruidos, luces. Las tierras son las mismas, las historias están. Ellos reclaman sus tierras todavía.

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Salimos al patio, el viento del invierno sigue empujando, caminamos y todo parece un cementerio de vehículos viejos y chatarra:  un jeep, que dice que  hay que hacerle el motor; una estanciera,  a la que el motor le anda pero se ve que le creció una planta adentro y más atrás se ve una Ford A.
— A esa le quedó el esqueleto nomás— dice riéndose y completa —acá si buscas hay de todo, hasta lauchas.
Se mueve lento, camina con dificultad. Sube a la casilla y revuelve, se ríe del desorden, aclara que la agarró de galpón, y que tira todo así nomás cuando vuelve del campo.
Me empieza a mostrar las herramientas: 
— ¡Manso taladro mirá! si se clava la mecha te da vuelta— se ríe del chiste y sigue por otra herramienta —esta es la hoyadora, es una herramienta muy buena pero anda únicamente en terreno blando —el filo metálico suena con un golpe de mano de Saúl y se cruza con el canto de benteveos y chimangos que viajan en las ráfagas de viento.
Ahora nos acompaña Carmen y recuerdan juntos aquellos años cuando salían a alambrar. Ella pondera la forma de trabajar de Saul, la manera en que tira las líneas sin otra medida que su ojo.
— El mejor nivel que hay es el horizonte. Ves el filo de la tierra allá lejos y te guias, yo no uso otro nivel.
Viene un perro y  trepa hasta el techo de un galponcito. Pregunto “¿Qué hace ahí? 
— Rastrojea, busca algún bicharraco, corre los pájaros — es tremenda  —agrega Carmen.
— ¿Cómo se llama ?
—  Le puse cartucho pensando que era macho, y resultó que era una perra —dice Saúl y los dos se ríen a carcajadas. La lista de perros sigue —la otra se llama Marshall, aquella Coquita— completa Carmen y Saúl acota riéndose —el feo —y de nuevo las risas al viento.
Un gallo canta. Me congela el frio y me cuesta disimularlo, Saúl curtido por el campo dice que hoy esta calentito. Se me ríe a carcajadas y me ofrece el consuelo de corrernos unos metros al reparo.