CRÓNICA: María Acosta: Fútbol a sol y sombra

MARÍA ACOSTA: EL FÚTBOL A SOL Y SOMBRA

Hablar de fútbol femenino en Tapalqué es hablar de María Acosta y de su vida. Cuando el fútbol jugado por mujeres no estaba en boca de nadie y ni siquiera era tomado en serio, María lo volvió su pasión y su forma de vida. Hoy a sus 54 años sigue jugando y es una referente indiscutida. 

Es otoño, es domingo, es mediodía y en Tapalqué se está jugando por primera vez un clásico de fútbol femenino. La noche anterior María, nerviosa como una quinceañera esperando su fiesta, no logró conciliar el sueño. Ahora el réferi acaba de cobrar un penal a favor de Sarmiento. María detesta conceptualmente los penales, nunca le gustó patearlos, piensa que un deporte de equipo no puede verse echado a la suerte individual.  También sabe que hay ciertas responsabilidades que no puede esquivar y como un héroe trágico asume su destino y su lugar en el juego, el DT ha dicho su última palabra. Entra al área, el 2 en la espalda, la pelota en la mano y el sol aguijoneándole las sienes. Cuando ve el barro que el riego excesivo y los minutos de juego amasaron, se le revela en un pensamiento tenaz el ridículo de una pesadilla: se imagina pisando en falso y cayendo, sin saber para donde escapar a esconder la vergüenza. Sacude la cabeza como quien se quita al diablo de la mollera y laboriosamente acomoda la pelota en el punto penal. Lo que sigue después María lo ha vuelto a ver una y mil veces en un video filmado desde el otro lado del alambre: ella parada de zurda, suena el silbato, da unos pasos cortos que alarga hasta clavar la derecha en el pasto y patear con la izquierda a media altura. Cruzado, perfecto, de manual, deja como una estatua de sal a la arquera de Atlético Tapalqué. 

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María Acosta juega al fútbol hace más de 25 años, empezó en campeonatos barriales y continuó en el Club Social y Deportivo Sarmiento. En los años 1996, 2012 y 2016 fue reconocida como deportista destacada en la Noche de los Elegidos (un evento anual en el que se distingue a los deportistas). En el 2000 se sumó a la Escuelita de Fútbol Infantil como colaboradora de Guillermo Gottfrit. Durante el 2005 se hizo cargo, junto a Pablo Svarycheski, de las divisiones inferiores y más tarde de la primera división. Se convirtió así, en la primera mujer ayudante de campo de la Liga de Azul. Mientras tanto no dejó de jugar volviéndose un pilar fundamental del fútbol femenino. En el 2019 es la utilera de las divisiones inferiores y con 54 años entrena cuatro veces por semana para jugar cada domingo.  

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María nació en Tapalqué, donde muchos le dicen simplemente Mari. La casa en la que creció tenía dos habitaciones con piso de tierra para compartir entre la mamá, el papá y los doce hermanos. Entre las ocho mujeres hay cuatro Marías: la mayor, María Eva; las mellizas, Ana María Ceferina y María Ana Lourdes; y ella, María de los Ángeles. Cuando lo cuenta hace una pausa riéndose y me pregunta: “¿Cómo te quedó el moño?”.  
La casa de la infancia sigue siendo su casa y aunque sus padres ya no están físicamente se adivina su presencia en cada rincón. Con los años llegaron otros ambientes, aún así parece no bastar para cobijar una especie de museo familiar. Una muestra permanente con  trofeos, placas y medallas; de María y de un hermano bochófiloEn las paredes, sobre las mesas, sostenidas con imanes en dos heladeras, en repisas y muebles, hay centenares de fotos familiares; de colores y en blanco y negro; grandes y chicas; sin marcos o con marcos ovales. En cualquier hueco hay adornos: una canasta con frutas artificiales, platos pintados, colecciones de figuras de porcelana, campanitas de cerámica, banderines, osos de peluche.   
En medio del todo hay una especie de santuario-altar: una pequeña mesa repleta de imágenes religiosas, estatuillas de santos, cruces, rosarios, estampitas de san Cayetano, la Madre Teresa, la Virgen María y sobre todo fotografías del Papa Francisco, que trepan por la pared empapelándola. Flores plásticas y del jardín. Todo este altar, que fue de la madre, como dice el tango descansa junto al calefón y es una respuesta a la pregunta de por qué tantas Marías en la familia.  
En otra pared hay un reloj cuadrado con marco y números dorados; debajo un adorno: Un trapecio de caña de unos cuarenta centímetros sostiene cinco loros multicolores de cerámica o madera, y en esa misma caña prendidos de sus patas cinco pares de anteojos negros de sol, duermen como murciélagos. Todo parece el resultado de la acumulación de años de historia familiar, algo así como un muro biográfico previo a las redes sociales, que vuelve insípida la consigna minimalista “menos es más” y parece decir más es más. 
Esa yuxtaposición estratégica de objetos configura no solo la textura emocional de la familia de María,  sino que es un rasgo de identidad de la cultura popular.  
María se sienta a la punta de la mesa, lleva una campera negra deportiva cerrada hasta el cuello; el pelo también negro se vuelca sobre los hombros y la espalda llegando casi hasta la cintura. Cuando le molesta en la cara lo aparta con ambas manos con un gesto medido y artificioso al mismo tiempo. El ritmo con el que creció su casa también se ve reflejado en el barrio y se podría decir todo el pueblo. 
—Acá, en el barrio, no había nada. Estábamos nosotros, los chicos de Matos, los de Magno y pará de contar. Estas dos quintas de enfrente las tenía papá para sembrar maíz y criar ponedoras y chanchos. Nosotros con mis hermanos volvíamos de la escuela y teníamos que ir a juntar maíz, entrar las vacas o las ovejas. Antes de ir a la escuela ordeñábamos y repartíamos la leche. Yo le llevaba a la viejita de Gutiérrez y a Vila y mi hermano le vendía al Doctor Del Blanco —recuerda sin tristeza. 

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Los padres de María no eran futboleros en lo más mínimo. El amor por el futbol se lo debe a su hermano mayor, Carlos. 
—Me encanta el futbol, mi hermano me llevaba a la cancha de Sarmiento y cuando no era local íbamos a ver a Atlético. En esa época iba mucha gente.  
Cuando terminó la primaria empezó a trabajar cuidando niños. Mientras tanto practicaba deportes: tenis, pádel y vóley. El futbol vino más tarde, se le dio de grande.  
—Yo así nunca había jugado —se refiere a en un equipo con técnico, camiseta y todo. Y aclara —Sí cuando era chica, acá en la calle con mis hermanos. Nunca me costó jugar, capaz no teníamos ni una pelota y la armábamos con medias. Era normal. Viste que antes era jugar a la pelota, la  bolita o jugar arriba de las plantas —cuando dice eso no parece advertir que esa lista que acaba de citar era patrimonio de los varones. Tal vez, ser una docena de hermanos fue la ventaja para que los juegos no tuvieran género en su familia. Fue una especie de feminista sin saberlo; de una manera activa, contundente y cotidiana. Y sigue diciendo: 
—En mi familia nadie más jugó al futbol, ni siquiera mis sobrinos. Salvo uno que lo llevé a Sarmiento y algo jugó. Pero el resto son todos “ateos” —y sonríe con belleza.  

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Durante la charla María se para varias veces a buscar fotos, placas o trofeos para ilustrar los recuerdos. Ahora en cambio lo que trae es un paquete de cigarrillos Chesterfield, un encendedor y un cenicero con forma de ballena (recuerdo de alguna ciudad balnearia bonaerense), con cuatro colillas retorciéndose. Enseguida enciende un cigarrillo, pero pronto tendrá que hacerlo de nuevo, porque al tirar la ceniza el golpe seco se ha llevado también la brasa humeante.  
La conversación sigue y cuando el tema es el fútbol se apasiona. Es hincha de Boca y extraña el futbol con volante. Dice, que si por ella fuera estaría todo el día mirando partidos de cualquier liga del mundo. Es más, dice que durante el mundial sufre de la vista por estar pegada al televisor el mes que dura el campeonato. También ve fútbol femenino, lo poco que se puede ver por televisión: los partidos de la Selección Nacional. 

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Los comienzos del fútbol femenino datan del año 1894 cuando en Gran Bretaña Nettie Honeyball, una activista de los derechos de la mujer, fundó el British Ladies Football Club (Club de Fútbol Británico de Damas). Honeyball anunció en un periódico buscando mujeres dispuestas a unirse a su equipo. Unas treinta mujeres, la mayoría de clase media, respondieron al anuncio y más de 12.000 espectadores asistieron al primer partido. Honeyball describió al fútbol como “un juego masculino que también podría ser femenino” y se propuso demostrar que la mujer podía emanciparse y tener un lugar importante en la sociedad.  
En nuestra ciudad el fútbol femenino se remonta a los inicios del CSyDS, en algunos amistosos fugases, que pocos recuerdan. Por varias décadas no tenemos noticias de  su existencia hasta que en de la década del 90 resurge en un formato barrial y orillero. Crece desde los suburbios  y se  mantiene en esos márgenes hasta la actualidad. Oculto para  la mayoría, un espectáculo grotesco para muchos pero fundamental para sus protagonistas. Recién ahora, con la lucha por la igualdad de género y el compromiso de profesionalización por parte de la AFA, cobra cierta visibilidad y se hace imposible desvincularlo.  
Pero volvamos a esos años 90s. Cuando María estaba cerca de cumplir los 30, mientras veía un partido de mujeres, sintió que el fútbol la había estado esperando. 
—Un día fui a mirar un campeonato que se hacía en “Punta Tello” -fin de la costanera sur- que lo organizaban de la Capillita del Barrio Luján. Había unas chicas jugando, entonces Marina Benavente me dice: “¿Querés jugar? Estamos entrenando en lo Pardo.  
Lo Pardo era más precisamente lo José Pardo que oficiaba de entrenador y director técnico; hermano de dos de las chicas del equipo. María se sumó al plantel en el que encontró una pasión que con los años se volvió también una forma de vida. Más tarde, cuando José no pudo seguir dirigiendo los entrenamientos, las chicas continuaron jugando en la cancha que era parte del Balneario Municipal. En esta etapa las acompañaron, Pascual Celso, “Quilcha” Manuel y el “Chalo” Coz, todos ligados a la historia del fútbol de los clubes locales.  
Cuando nuevamente los hombres no pudieron continuar, María y las chicas buscaron otro rumbo. El CSyDS les abrió las puertas y empezaron a representarlo en toda la zona con fútbol 7Esta vez el entrenador era José Lemos, que por ese entonces oficiaba de “canchero“ del club. Nunca le pidieron más que “el sello” al club, todo fue a fuerza de las chicas: organizaron papis, rifas, bailes; consiguieron los primeros sponsors de los comercios locales; juntaron moneda por moneda. Viajaban por toda la zona en autos particulares, en colectivos destruidos y hasta en la caja de un camión de verdulería. 
—Un día fuimos en una camioneta a Olavarría, por tierra, éramos como quince. Tres adelante y el resto en la caja. Y se nos rompió el coso que larga el agua ¿Qué hacíamos? Una de las chicas (Eugenia Gutiérrez) iba comiendo chicle ¿Te acordás esos bazooka grandes? Bueno, le digo: “Eugenia vamos a tener que sacrificar los chicles— Se ríe casi a carcajadas cuando lo recuerda, y sigue— Eugenia no nos los quería dar, pero bueno, hubo que sacrificarlos para tapar el agujero. Se agarró una luna Eugenia. 
Esas aventuras quedaron atrás, ahora  que son parte de la liga en la que participa la primera y la sexta división, el viaje es en el colectivo del club. Los vientos actuales parecen empujar centímetro a centímetro hacia la igualdad, aunque sean kilómetros los que hay que recorrer.  

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Es la hora de la siesta de un lunes, el único día que María no entrena, y quedamos en encontrarnos para  ver las fotos que los años de fútbol fueron acumulando.  
María me recibe nuevamente en su casa, la tarde es agradable y preferimos quedarnos afuera. El patio en el que estamos es dominado espacialmente por un tilo enorme. Bajo su sombra, hay una mesa redonda de cemento revestida con azulejos rotos, María la cubre lentamente con un mantel, como eclipsándola. Hay además tres perros tendidos al sol -El Choco, la Negrita y el Bobi-, cada tanto, punza la tarde el canto afilado de un benteveo.  
María descansa del partido de ayer, disfruta abandonada al dolor terso de los músculos que se relajan. Serena, sonriente y luminosa. Ofrece y prepara mate aunque ella no toma. Ya trajo las fotos y las dispuso en la mesa, algunas sueltas y otras en álbumes pequeños. Hay de todas las épocas pero la escena más registrada es la de un grupo de entre diez y quince chicas abrazadas, felices. Solo cambia el fondo. Las va pasando y recita los nombres de las jugadoras, cuando duda se pone los lentes de aumento y confirma la sospecha. También hay algunas del período en el que fue ayudante de campo en la primera división y entonces recuerda: 
— “Primera” es muy difícil, es otra cosa, otra presión. Tenés la presión de la gente. En cambio en la escuelita te divertís. En inferiores también, pero no tanto. También es otra cosa. Pero en “primera” dije: ¡No, hasta acá llegamos! —y la invade como una sombra la resignación. 
—Era despertarse a la noche, pensar y pensar. Porque la gente nunca está conforme. Yo lo veo con cualquier técnico que venga, un día te aman y al otro día te odian —dice afirmándose en el acento de cada palabra y ciñéndola para transmitir la presión a la que se refiere.  
Hay una sola cosa que está por delante del fútbol para María: los colores del club. 
—Cuando dejamos  la primera con Pablo, él se fue para Atlético y yo le dije “no, hasta acá llegue”. Cuando jugaba tenis en Atlético nunca me puse la camiseta, nunca los representé; y una vez en voley había que representar a Atlético y no fui más. Lo colores no se cambian —dice como si hablara de una religión. 
A la pregunta obligada del retiro responde con calma: 
—Voy a seguir mientras el cuerpo me dé. Yo me siento bien.  Obvio que no es lo mismo de antes, pero ahora juego más con la cabeza que con los pies. 

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El fútbol femenino parece todavía estar exento de toda impureza, o por lo menos eso dirá después Germán Tello, actual Director Técnico, quién no dudó en sumarse al grupo cuando María lo convocó. Antes había dirigido un equipo Barrial llamado “El rescate” donde además, jugaba su compañera. La tarde después de un partido dirá: 
—Las mujeres, a diferencia de los hombres, no pelean entre ellas, no protestan y no se pegan tanto. El hombre parece que tiene que ganar siempre para ser alguien y si algo les sale mal, salen renegando y hasta se recriminan en el vestuario. En cambio las mujeres  se apoyan, es otro fútbol. 
Las chicas de Sarmiento fueron durante años las únicas que representaban a un club. El resto eran equipos barriales, o rejuntes de amigas. Sin embargo en 2019 cuando la  Liga de Azul, por fin, recogió el guante y organizó el campeonato de Futbol Femenino de 11, Sarmiento estuvo a punto de quedar afuera. Esto no sucedió gracias a María y a Nolo Moreno, un hombre fundamental  del CSyDS. Germán conoce la historia y dice: 
—María fue convocando y formó un lindo grupo. María fue la que organizó todo. Se movió para todo, María es cabecilla. María juntó los papeles e hizo el fichaje de las chicas. Siempre María va trayendo jugadoras, cada entrenamiento dice “traje una”. Ella misma va buscando no perder chicas. Yo siempre digo que las chicas le tienen que agradecer a María, una por la experiencia que tiene y otra porque organizó todo. Si no fuese por María no habría Fútbol Femenino acá en Sarmiento. Es fundamental María. 

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Domingo 10:45 am. Es la hora en que fue citado el plantel. El sol trepa hacia el mediodía sin obstáculos. Atravieso el portón celeste del estadio Andrés P. Hargain y entro en un tiempo mítico; estoy en el escenario de la pasión de medio pueblo. El predio ocupa toda la manzana y está rodeado por un paredón de ladrillos lo suficientemente alto para que nada de afuera, salvo las copas de los árboles, se asome por encima. La cancha luce verde y viva, todavía no ha recibido las primeras heladas que harán virar el tono hacia los ocres amarillentos. Es temprano para el público, pero ya hay algunos autos y niños con bicicletas. Del lado derecho a la altura de la mitad de la cancha brilla como una osamenta al sol una pequeña tribuna de concreto, vacía. Del lado opuesto, justo en frente, están los vestuarios, la cantina, el SUM y un depósito. Desde allí viene caminando María y hacia allí iremos luego de que me presente al resto del plantel. 
Hay cuatro paredes celestes hasta media altura que más arriba siguen blancas, hay una puerta y una ventana. Hay un techo de loza, cinco bancos de madera, un calefactor apagado y una estantería. Y todo eso está dispuesto de manera tal que termina por llamarse vestuario. La puerta abierta, deja entrar una luz como humo blanco, cegadora.  Adentro dieciséis mujeres van, vienen, reclaman camisetas, medias, canilleras, se atusan exuberantes melenas, se hacen colas altas y bajas, se ajustan rodetes o lucen trenzas cocidas traídas de casa; y con ademanes ensimismados se quitan aros, piercing, pulseras o cadenitas.  
Hay además, por lo menos cinco nenas, que entran y salen, juegan en el piso, se prenden de las mamás o pasan ofreciendo bizcochos Don Satur a cada una de las chicas, que amorosamente agradecen y se disculpan por no aceptar.  
El cuerpo técnico (Germán Tello, Germán Barbalarga y Sebastián Vera) reúne al equipo en la parte más oscura del vestuario. Abren la única ventana y el sol enciende el albiceleste de las camisetas y los fluorescentes de los botines. En un semicírculo oyen las palabras del profe. El aire se espesa,  quince pares de ojos redondos como de animación japonesa se clavan en el emisor y por momentos parecen quebrar su oratoria. Habla de cambios, de oportunidades, de responsabilidad, de jugar como en un entrenamiento y algunas cosas más.  Pero las palabras rebotan en dientes que muerden uñas, en botines que repiquetean el suelo, en manos que se frotan, o en bocas que mascan chicles como si quisieran hacerlos desaparecer.  También están los ojos de María eternamente jóvenes, hundidos en su historia, viendo algo que solo ella ve, aunque  asintiendo con la cabeza cada frase hecha que suena en ese vestuario.  
María está pendiente de todo. Si a las chicas les falta algo: medias, canilleras, vendas o masajes, ahí está ella. Se mueve con soltura y en silencio, el vestuario es un cuarto más de su casa.  
Al regreso del precalentamiento no hay más que esperar. El grupo se aprieta alrededor de María, la capitana, que arenga con una voz clara y segura. Ahora son dientes apretados y pieles de gallina; juntan las manos en el centro y ya son una tormenta, un río bravo, una fiera, el ardor antiguo y amenazante de un volcán que enciende la garganta gritando por Sarmiento.  
Descomprimido el grupo, se hunde como un atardecer en el túnel, para crecer del otro lado del alambre. Segundos más tarde María, ahora con un cuerpo sin edad, brota desde una puerta en el suelo con la seriedad de un árbol y entra a la cancha como a su patio. La siguen quince mujeres listas para dejar todo por su equipo y seguir haciendo historia.