CRÓNICA: Luis Briguenti Tomatito

Luis Brighenti “Tomatito”: Artista sin red

Hace 8 años el destino empujado por el amor lo trajo a Tapalqué. Hasta entonces no sabía lo que era ser de “un lugar”, era de todos y de ninguno. Nació en el circo más popular y querido del que tengamos memoria -Papelito-. Perfil de Luis Brighenti, un hombre que mantiene vivo un arte familiar y milenario.

Son las once de la mañana y un auto brama, remolcando una casilla enorme como un animal prehistórico dormido. Son las once de la mañana del 26 de Noviembre y un Ford Falcon rural rojo remonta un camino de tierra arrastrando una casilla azul eléctrico. Son las once de la mañana del 26 de Noviembre de 2010 y la planicie mustia de la pampa arde bajo el fulgor de los colores de esa formación de otro mundo -fantástico, mágico-. Esa especie de animal iridiscente se separó de la manada y ahora atraviesa la pampa bonaerense con la certeza de que será su última vez, y la convicción de que es la única forma de sobrevivir.
Ahora el mágico carromato se inclina levemente sobre un costado, se arrastra, rebuzna, resopla, carraspea, y se detiene con la quietud de un fósil.
Luis Brighenti tiene 33 años y un cuerpo atlético, baja del Falcon y ve sin sorpresa que pinchó una rueda. Adentro esperan Roxana, su compañera desde hace cuatro años, y sus dos nenas Liz y Jose. Mientras cambia la rueda, tal vez piensa, que está cansado de tanto rodar, que quizá la decisión que tomó junto a su padre “Papelito” y toda la familia de vender el circo, no fue tan errada. Sabe que pinchar una rueda o dos, quebrar el chasis o atravesar una tormenta de viento y agua terrible, nada tiene que ver con señales del destino para que se vuelvan. Han sido moneda corriente cada vez que el circo se movía de un pueblo a otro.
Vuelve al coche, tal vez sonríe, cruza la mirada con Roxana, tal vez hace un chiste y piensa -otra vez- que Tapalqué puede ser una buena opción para empezar de cero. Da arranque, baja el vidrio, enciende un cigarrillo y apoya el codo en la ventanilla, cuando mire para atrás será solo para ver a las nenas que duermen o juegan en el asiento trasero.

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Luis Brighenti vive en Tapalqué pero nació en el “Circo Papelito” -ocasionalmente en la ciudad de Azul- . Es payaso, animador infantil, conduce eventos, da clases de circo en escuelas y espacios Municipales, tiene un carro de pochoclos, alquila peloteros, metegoles y hasta autitos eléctricos. Es el cuarto de cinco hijos del matrimonio de Carlos Alberto Brighenti con Marta González y fue bautizado por segunda vez a los cinco años como “Tomatito”.
En 1975 sus padres cocieron bolsas de arpillera y cortaron palos de acacia de un baldío para armar algo parecido a una carpa que luego llenaron de ganas y llamaron “Circo Papelito”. Desde entonces y hasta el año 2010 recorrieron los pueblos de la provincia de Buenos Aires, parte de Santa Fe y La Pampa. No hay pueblo que no conozca esta familia y la anécdota de que a la función debía asistirse con una silla.
Fue un circo popular, humilde como lo define su creador y con la fuerte convicción de que al espectáculo no debían darlo los animales. Nunca abandonó la tradición del circo criollo. El “circo criollo” es el circo en dos actos, una primera parte con números típicamente circenses y una segunda con una obra de teatro. Esta es la principal diferencia con los circos del resto del mundo. Es en el que Los hermanos Podestá allá por fines del s. XIX fueron pioneros e incluyeron obras como Juan Moreira, Martin Fierro o el Hormiga negra. Todos estos títulos fueron representados por más de cuarenta años en el Circo Papelito en versión de comedia picaresca. Vivió su etapa dorada en los años 80 y parte de los 90 con llenos totales y, en los pueblitos de provincia donde suele pasar poco o nada, el tiempo -cíclico- podía medirse en “Años Papelito”.
Eran una manada nutrida a pasión y amor. Se sentían seguros juntos, se necesitaban, eran un solo organismo compacto que parecía poder hacer frente a todo.
Entrado el nuevo siglo todo cambió. Los vehículos cada vez más viejos y fuera de la ley obligaban a moverse por caminos rurales, como bandidos; viajes de cincuenta kilómetros se volvían odiseas de siete u ocho horas y; eso que antes alcanzaba para sobrevivir e ir tirando dejó de alcanzar.
Se sabían ya, en vías de extinción cuando hicieron la última parada en Norberto de la Riestra, el pueblo que vio nacer a Carlos Brighenti “Papelito”. Hicieron sus funciones normalmente, no hubo un brillo particular, no hubo anuncios grandilocuentes, no hubo homenajes, ni placas, ni discursos.
Pasó una semana y nada más. Pasó una semana y hubo una decisión tomada. Pasó una semana y fue la última.
Padre, hijos, hijas y hermanos; nueras y yernos; cuñados, sobrinos y nietos; abuelo, primos y amigos, se dividirán, se esparcirán, se multiplicarán para replicarse ya no en uno, sino en dos, tres, cuatro… muchos “Papelito”. El exoesqueleto de lona enorme que los protegía ya no lo hace más, quedarán a la intemperie y cada uno hará con su experiencia lo mejor que pueda.

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Es sábado por la tarde, hace unos minutos dejó de llover en Tapalqué pero el cielo de plomo ya se está arrepintiendo de esa tregua. Esquivo un charco en la vereda y me acerco a la puerta de la casa, ladra un perro, tal vez dos. No alcanzo a llamar y sale Luis, saluda afectuosamente.
—Escuché el timbre por eso abrí —dice y se ríe señalando con el mentón en dirección a la jauría que sigue oculta.
Antes de entrar a la casa hay que cruzar unos metros a cielo abierto por una veredita donde hay estacionado un carro de pochoclos y algodón de azúcar. Estuvo allí toda la noche y la lluvia rauda se le metió adentro y ahora flotan lánguidos los pochoclos de ayer, algunos sueltos, otros forman pequeñas islas o extrañas protuberancias nacaradas.
—Pasá, estoy solo, Roxana y las nenas viajaron a una competencia de danza artística.
La casa es sencilla y alquilada, la puerta nos deja directamente en el living comedor de una familia de trabajadores. Las paredes blancas revestidas en parte con madera machimbre barnizada contrastan con las aberturas antiguas pintadas de un negro que se traga toda luz como un pozo. Tres sillones de madera con almohadones de cuerina naranja apuntan a un televisor -encendido en un canal de noticias- y le dan la espalda a una mesa de madera con seis sillas donde nos sentamos y donde Luis ya tiene listo el mate. Se sienta en la cabecera y baja el volumen del televisor para charlar.
Cuenta que a Tapalqué llegaron sin trabajo, sin nada, con una mano atrás y otra adelante. Dice que llegaron como llegaron y que en el camino les pasó de todo, tanto que para hacer los 170 kilómetros, por caminos rurales, que los separaban de nuestra ciudad tardaron doce horas. A las once de la noche, blancos de tierra, estacionaron en la puerta de la casa de los papás de Roxana. Después de unos días puso en condiciones la casilla y como quien se desprende de una evidencia comprometedora arrojándola al fondo del mar o de las llamas, la vendió.
Al tiempo, a las dos semanas, habló con un amigo de Henderson y se fue a buscar un carro de pochoclos con el que empezaría los fines de semana a probar suerte.

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—Nací en el circo. La primera vez que vine acá tenia meses, en el año 79. Ahí atrás de la Escuela 28 —me cuenta señalando la puerta de calle. Cada baldío que menciona, así como el circo, ya no existen.
Afuera vuelve a llover, adentro la voz de Luis vibra metálica, áspera, cavernosa -urdida con años de exigencia- y trae un recuerdo trágico que también oscurece el clima.
—Después volvimos en el 82, yo tenía cuatro años. También atrás de la Escuela 28, ahí fue donde se mató la chica.
Él no lo recuerda pero sabe la historia. Se oyó un disparo en plena función y cuando fueron a la casilla se encontraron con el cuerpo de una de las chicas del circo.
—Estaban haciendo una obra de teatro, no me acuerdo cual… Mi viejo siempre decía, me acuerdo, que cada vez que hacían esa obra pasaba algo. “Fortunato vizcacha el terror de las muchachas”, era —dice y la frase sale disparada sin espacios como una sola palabra de un extraño idioma. Luis no repara en el contraste del título y su relato, lo naturaliza porque en el circo habitan el Drama y la Comedia y en su rostro cuando se vuelve Tomatito pinta lágrimas y sonrisa.

Foto: gentileza archivolatino.com

—Nosotros de chiquitos no nos perdíamos una función, con cuatro o cinco años nos sentábamos en unos cajoncitos, viste que esta la pista y unos cajoncitos que te marcan. Y estábamos sentados ahí, es más, nos iban a buscar porque nos dormíamos ahí. Mi vieja capaz a mitad de función iba, nos levantaba y nos llevaba a dormir -éramos cuatro o cinco que teníamos esa edad-. Nosotros queríamos estar ahí, porque nuestros padres estaban todos trabajando.

Tiene el cabello bien corto y una barba de tres días que le ensombrece el rostro. En su piel trigueña aun reverberan los soles de todos los pueblos. Las pestañas son enormes y enmarcan la mirada de unos ojos vivos, pícaros, también a veces recta e intensa.
Se pone de pie para alcanzar el paquete de cigarrillos que está en un mueble a su izquierda donde hay además una imagen grande de la virgen, fotos de sus hijas y un juego de té sobre una bandeja. Enciende un cigarrillo y apoya el encendedor sobre el paquete. Fuma apurado y por momentos cierra los ojos por el humo y los recuerdos.
—Durante el día era todo circo. Juguetes: hacíamos circo de bolsa, jugábamos al circo, hacíamos carpita, hacíamos cirquito, un circo acá, un circo allá, camioncito… viste todo circo, era todo circo cuando éramos chiquitos.
En la primera escena de la obra de teatro “Mate cocido” se ve a una mujer con un cochecito en el que un bebé llora. Luis y todos sus hermanos e incluso su hija mayor fueron ese bebé. Una especie de bautismo circense o pura practicidad. En realidad las dos cosas.
Un día dejó de estar mirando y pasó del otro lado, a la pista, tenía cinco años. Luis recuerda emocionado el momento y aunque no hay precisiones podemos presumir que fue Marta, su mamá, quien lo maquilló exagerando una sonrisa blanca, le puso un trajecito, la nariz y le acomodó los rulos pensando que para él quería un nombre artístico diferente. Y tal vez Marta y Carlos al ver a ese payasito nuevo, sonrieron y el nombre apareció.
—Mi viejo es Papelito, mi hermano mayor es Papelitito, el hijo de él es Papelincito, eh…eh…—duda y piensa antes de seguir— sí, Papelincito, mi otro hermano es Papelin, van todos con diminutivos y yo no, me pusieron Tomate y quedé ahí. Yo era gordito, ruliento, así que capaz me vieron como un tomate pintado y ahí quedó. Nunca me lo cambié. Toda la vida con lo mismo.
A los seis años empezó a practicar trapecio, a los diez malabares. Ninguno tenía su tarea designada de antemano, iban probando, jugando, querían hacer todo porque un hermano lo hacía, un tío lo hacía, papá lo hacía, mamá lo hacía. Su mamá era contorsionista y su papa era todologo.
Había días, muy pocos, que Luis y sus hermanos no tenían ganas de practicar algún movimiento en el trapecio y su padre, abajo, con mirada intimidante se sacaba el cinto y la pirueta salía, siempre salía.
En su adolescencia Luis supo aprovechar los beneficios de la notoriedad que le daba el circo.
—Salías a hacer trapecio y te peinabas bien, entrabas con tu trajecito todo ajustadito. Las mujeres estaban abajo, vos ahí arriba haciéndote el galán…era otra cosa. De payaso también, después salías vestido de payaso a las filas andabas entre la gente y ya era “hola, hola, hola”.
Incluso una vez, solo una vez, lo invitaron a hacer trapecio en un boliche bailable y por supuesto fue y brillo, voló y brilló.

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Luis lleva ocho años en Tapalqué y es el mayor tiempo que ha pasado en un mismo lugar en toda su vida. Antes, en la vida nómade dos meses en un pueblo era tiempo suficiente para hacer amigos, compañeros de escuela o novias, que esperaban al año siguiente el regreso.
— Llegabas a los terrenos y ya empezaban a pasar los amigos. Eso estaba muy bueno.
En el año 2006 visitaron por última vez Tapalqué con el circo y fue la vez que se conocieron con Roxana Gutierrez su actual compañera y mamá de sus tres hijas -Liz, Josefina y Justina-. Empezaron a “salir” mientras el circo estuvo en la ciudad, cuando siguió la gira y solo quedó el pasto pálido, pisoteado y agónico en el sitio que había sido cobijo de su amor, Roxana supo que no iba a quedarse quieta y fue a visitar a Luis a todos los pueblos que no eran el mismo, pero sí iguales. Así fue por un año hasta que decidieron vivir juntos y que Roxana se sume a la manada del circo , incluso actuando en las obras o con los payasos.
Cuando hubo que buscar una salida las opciones eran seguir en otro circo o venir a Tapalqué, cambiar de vida, quedarse quietos, echar raíces, jugársela, saltar sin red.

Desde una ventana con cortinas naranjas entra teñida la luz blanda de la tarde, empapándolo todo. Luis sigue un relato más o menos cronológico de su vida, cada tanto, cuando se acuerda, me acerca un mate dulce, tibio. Las manos son robustas, fuertes forjadas a trapecio. Enciende otro cigarrillo, habla y mientras apoya los codos en la mesa hace coincidir la punta de los diez dedos sin unir las palmas, como un gesto religioso incompleto o una pequeña jaula o carpa .

En el circo hacían piruetas adentro y afuera de la pista para sobrevivir así que cuando llegaron a Tapalqué no le sacaba el cuerpo a nada. El que había sido payaso, trapecista, mago, galán, equilibrista, ahora era peón de albañil, tractorista, electricista. El que había sido Tomatito ahora era Luis a secas. Así fue por un año o más, hasta que trabajando de peón de albañil con Héctor Donati, éste le pidió que hiciera un show de payaso para el cumpleaños de su hija. Entonces Luis va hasta donde guarda el traje de su otro yo y se cambia; ve nuevas marcas en su rostro cuando se pinta; ve todos los pueblos que pisó y uno que pisará por siempre; ve una mirada luminosa que lo hechizó en Tapalqué; y se ve llenando ese pueblo con su voz, desde una moto con parlantes y desde la comodidad de un estudio de radio; ve a sus hermanos y sobrinos en nuevos circos; se ve a las nueve de la noche con amenaza de tormenta en un camino rural con medio cuerpo tragado por el capot de un falcón rojo; ve los ojos de sus dos hijas y de una tercera que vendrá; se ve en un mar de gente con un micrófono en la mano hablando sobre una factura en Tapalqué; se ve insistiendo en la pirueta que no sale; ve gente caminando en calles oscuras acarreando sillas; ve a su madre llevándolo en brazos dormido antes de que acabe la función y se ve con cinco años oyendo por primera vez su otro nombre; ve las manos de su madre acariciándolo; ve la sonrisa de su padre y oye su voz aterciopelada y sabe que el circo vive en él, que él es el circo y que así será siempre.

—Ahí se empezó a correr la bolilla, hice otro show más, hice otro y así… Después era viernes, sábado, domingo, capaz que tres shows por sábado, de payaso.
Más tarde lo contrataron para un evento municipal después para otro y siguió trabajando cada vez más y mejor.
—Los primeros tres años y medio cuatro fueron duros, duros. Porque la única entrada que había era el carrito y lo que yo hacía afuera, era remarla, remarla y remarla. Pero bueno, después Roxana se recibió de maestra jardinera, trabajamos los dos. La llegada fue brava.
A la pregunta casi retórica por si se arrepintió en algún momento responde veloz con la seguridad del que siempre mira hacia adelante.
—No no, porque me sentí y me siento tan bien, acá está todo bien. No me dan ganas de decir me vuelvo al circo. Cuando viene un circo a Tapalqué no te voy a decir que no me vuelvo loco por ir , soy el primero, me gusta ir a ver la función. Nos conocemos todos. Tiene que pasar una catástrofe para decir vuelvo al circo. Es así, ya ahora ,vos fijate, tenés todo armado, sos alguien, sos algo, te conoce todo el mundo, ya es diferente. Ya está. Ya está —Dice y expresa a alguien que se ha afianzado a un lugar de pertenecía.

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Suena su celular. Atiende.
—Sí, sí quedate tranquilo a las cuatro , cuatro menos diez te lo llevo. Listo, nos vemos. No, gracias a vos.
Lo llaman por un metegol.
—Lo que pasa es que la gente los días así de lluvia te busca. Lo raro es que no me llamó alguien para que me vista de payaso y haga algo para los chicos. A las doce del mediodía fui a un salón y me dicen, busquemos la forma de meter un pelotero porque sino ¿cómo hago con los chicos?

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Son las tres de la tarde en punto, pleno sol, Luis está por dar clases en una escuela primaria, viste ropa deportiva y luce el rostro fresco, recién afeitado. Ni bien entra y los chicos lo ven el coro es espontáneo y sorprendente: ¡To-ma-tito, To-ma-tito! Salen al patio que es como la mayoría de los patios de las escuelas públicas. Un mástil, un busto de sarmiento, un árbol. Unos traen los ula-ula, otros platos para hacer malabares, otros un piso de goma para ensayar piruetas. Todos quieren hacer y que Tomate los vea, ¡mirá Tomate! ¡Tomatito mirá! y él los mira, los guía, los acompaña, dice: “Un, dos, tres ¡así! bien, bien así. Muy bien, dale, dale estirá los brazos. La cabeza más hacia atrás. Up, up muy bien dale, dale, dale más rápido ¡que no decaiga! “
Podría ser la clase de un profe de educación física entusiasta pero como es la clase de Tomatito pasan cosas como esta: Se acerca al mástil donde dos personas parecen estar arreglando algo. Miran hacia arriba, conversan, señalan, piensan. Al segundo siguiente el trapecista está subiendo el mástil con la fuerza de sus brazos, parece caminar sobre la vertical, son cinco, diez, quince metros, llega a la punta resuelve el problema, está en lo alto de la carpa, detiene el tiempo, es una instantánea perfecta, y el coro de nuevo: ¡To-ma-tito, To-ma-tito! Baja deslizándose abrazado con sus piernas, el movimiento es suave, elegante, grácil y hay aplausos y las sonrisas no entran en los rostros.
Una vez abajo hace la típica reverencia de saludo final. No todos lo ven.