Los hermanos Santos: genética musical

Los hermanos Santos son autodidactas, inquietos, pícaros, curiosos, apasionados, generosos, empedernidos, talentosos, nocheros; tienen un sentido del humor forjado con anécdotas propias y ajenas, refranes y dichos populares. Se ríen de casi todo, o mejor, pueden hacer reír con casi todo, y además está la música que tocan, la que oyen y la que viven, todas los emocionan

Domingo 7 de marzo del 2021. Amanecer ruta. Son casi las 5 de la mañana, el sol todavía no asoma aunque todo el bicherío de la pampa lo está anunciando. La ruta  51 que une General Alvear con Tapalqué reposa azul, tiesa, sobre la llanura inflexible. A mitad de camino entre ambos pueblos se detiene una combi blanca y estaciona en la banquina junto a unos árboles. Los cinco hombres que bajan estuvieron allí hace casi  un año a la misma hora; vestidos de noche y escenario caminan sonriendo, alguno hace un chiste, se vuelven a reír, tal vez se abrazan, tal vez otro dice unas palabras empujado por el vino. Están cerrando su noche, son felices, y se detienen en medio de la nada  para agradecerle al Gauchito Gil por esa felicidad. La imagen de yeso del gauchito los mira,  y ellos vuelven a sorprenderse porque está intacta, igual de bella y milagrera que cuando la colocaron hace más de tres años. En esa combi viajan tres de los hermanos Santos (Caco, Pilo, y Chua) junto a Zelmar, hijo de Caco, y Humberto Pallero también músico de nuestro pueblo. Vuelven de cantar y tocar en General Alvear, vuelven después del año bajo la tierra de la cuarentena y como siempre después de cada show le agradecen al gauchito y cuando nadie los ve también le piden sus ruegos.

***

A las 21:00 hs. en punto, la temperatura y la humedad no diferencian día de noche, el pueblo es una reposera en la vereda y lo atravieso para encontrarme con el equipo completo, los cinco hermanos Santos. Al llegar al local donde Pilo dicta clases de música, lo veo conversando con el verdulero de la esquina; usa remera negra, bermudas de jean y el cabello largo rizado y abundante, casi siempre recogido.
Entramos al local y detrás nuestro llega Marcelo Santos, luce el pelo corto peinado prolijamente, aún mojado
y dice:
     
—¡Me hiciste bañar eh! —se ríe y sigue con el chiste  —pregunté si era con foto y me tuve que bañar.

Pilo se mueve de acá para allá, me ofrece una banqueta de plástico negra, pero está pensando en que es mejor salir afuera. Me siento frente a un ventilador de pie que rezonga empujando el aire. En el centro del local una enorme batería brilla y ofrece su belleza como una fiera exótica. Todo lo demás que se ve son guitarras, no sabría decir cuántas.
Pilo va y viene, ahora trae el taburete de la batería; camina con pasos cortos, con cierta electricidad, casi en puntas de pie y hay rastros de esa forma de moverse que me parece encontrar en su voz y fraseo.
Llega Caco Santos, el mayor de los hermanos, un poco más serio, saluda, habla de trabajo con Marcelo y del tiempo que no les  alcanza, y en eso llega Checho; usa bermudas, remera, gorra visera y sonrisa de pillo. Solo falta Chua que se sumará unos minutos más tarde; el menor, el más talentoso coinciden los hermanos.
Finalmente salimos afuera, en la vereda Pilo completa el mobiliario con dos cajones de la verdulería, armamos una ronda que será el telar donde los hermanos Santos tejan su historia, sus anécdotas, sus dolores
y pasiones. 
Tendríamos que haber hecho un asado, se lamenta alguno. 
Caco (50), Pilo (49), Marcelo (46), Checho (45), Chua (39)  son los cinco hermanos que al mejor estilo Carabajal conforman una de las familias fundamentales de la música popular de nuestro pueblo. Han sido parte de la mayoría de los grupos de música de Tapalqué, han pasado por todos los géneros populares: folclore, rock, cumbia, cuarteto y sus posibles cruces. Tienen además una hermana, Mariela, que actualmente vive en Tandil  y también está  ligada a la música pero desde la danza.
Marcelo es el único que usa su nombre de pila, aunque entre ellos lo nombran Billy. El resto casi olvidó lo que reza el papel, curiosamente no hay anécdotas del origen de esos apodos, simplemente nacieron con ellos. Todos se parecen físicamente entre sí, rostros cuadrados, mucho cabello, barbas tupidas cuando se las dejan crecer, ojos pequeños que desaparecen cuando  ríen,  voces roncas en diferentes grados y la risa contagiosa. 
Su padre, Raul Santos, era músico y por su casa pasaron todos los folcloristas de su generación. Ahora los cinco hermanos apilan nombres, los sueltan como fustazos, los traen de su infancia, y hay en la forma en que los pronuncian un intento de abarcar todo lo que simbolizan: Horacio Miranda, Cacho Venturini, Amílcar Cueto, Mario Cucaresse, Los Freddes, Bebe Lozano, Carlos Tiseira, Carlitos Cisneros, Federico Cabrera …
     
     —Era un embudo nuestra casa —dice Marcelo.
     —Carlos Ramón Fernández —agrega Checho y aclara —cuando no era tan conocido como ahora.

Aprendieron solos, mirando. En su casa siempre hubo  una guitarra de segunda, un poco vieja en la que ellos podían despuntar el vicio. La otra, la oficial, era de su padre y estaba prohibida, solo podían verla y oírla cuando él la pulsaba en los ensayos o en guitarreadas con amigos; porque el viejo, que siempre se las ingeniaba para tener un autito a pesar de la pobreza, los cargaba  a todos y se iban a pasar el día guitarreando a lo Chiche Valdez, a lo Alfredo Prait, o a lo Filucho Morales. Días enteros entre amigos, vino y canciones, mientras los hermanos Santos con la ñata contra el vidrio de esa mística se relamían, se salían de la vaina, eran esponjas, eran insectos de mil antenas  que se memorizaban los repertorios de punta a punta y  procuraban tragar todo sonido que flotaba en el aire. Pero era sobre todo desear, desear, desear.

***

Caco fue el primero en debutar en un grupo de verdad. Hasta ese momento todo había sido un juego en el patio, con instrumentos de palo, lavarropas viejos, latas de dulce de batata y maderas dibujadas con lapicera.
Todo empezó un poco de casualidad como sucede en las grandes historias; el lugar y el momento indicado fueron un ensayo del grupo de cumbia “Acuario” al que Caco con 17 años fue acompañado por  Pilo. Pero esa tarde no saldrían palabras románticas de la voz del cantante y  la cadencia contagiosa de la cumbia no iba a edulcorar el ambiente, muy por el contrario cuando llegaron el aire ya era un cristal estallado. En la vereda se encontraron con los músicos enredados en insultos primero y en enjambres de piedras, palos, instrumentos y todo lo que estaba al alcance de la mano, después. Con ojos de pasmo y escondidos detrás de una planta los hermanos Santos  vieron como el grupo que admiraban se fracturaba como un glaciar.
Ahora cuando cuentan la anécdota se ríen los cinco a carcajadas. Cuando la tormenta amainó, los músicos de Acuario que habían quedado lo miraron a Caco: “¿Querés tocar? ¿Y cantar? le preguntaron sin perder
un minuto.
Faltaban tres días para la siguiente presentación del grupo, y Caco corrió a la casa a pedirle a su padre que le enseñe las notas, o lo que hiciera falta. Ese sábado con lo puesto tocó la guitarra y cantó en la presentación que Acuario hizo en el Club de Pesca.  Por ese entonces los grupos de cumbia animaban bailes; multitudinarios eventos donde la gente bailaba hasta la madrugada, con la luz encendida,  abrazados y dando vueltas en la pista en una especie de ritual de perfecta coordinación entre extraños. En los intervalos volvían a sentarse en mesas que se reservaban para la ocasión, los niños que a veces iban esperaban en las mesas o correteaban entre la gente. Ellos cuando habían sido esos niños en lugar de corretear pasaban las horas pegados al escenario, fascinados. 
Los comienzos de Checho también fueron en reemplazo de otro músico del mismo grupo.

     —En el caso mío, cuando se va Chirino, el baterista, me sumo yo —dice Checho.
     —No, ese era otro grupo —lo Corrige Caco —y ahora se enredan en nombres insólitos como: Tomate, Zafiro, Cristal, Acuario.
     —Estaba bien como te lo contaron antes —me pasa en limpio Marcelo, y Checho sigue su relato
     —Nunca había tocado en una batería, me senté a ensayar un miércoles y el sábado tocamos. Era una batería atigrada tipo los Beatles, él me acompañaba al ensayo —dice señalando a Marcelo —y yo tocaba el ritmo de cumbia así “traque tucu traque tucu traque —y hace el ritmo con la boca y la silla y sigue —Marcelito me tenía el bombo para que no se me corriera y me decía “¡Vamos Checho! ¡Vamos Checho!”  estaba más emocionado él que yo —remata y los dos contagian la risa.

Checho además disfruta del baile, en Cacharí formó una murga con más de ochenta chicos y también aprendió, junto  su compañera, a bailar  Saya Caporal;  una danza folklórica muy difundida entre los países Bolivia y Perú,  que presenta fuertes raíces africanas en su estilo y donde los bailarines visten trajes muy elaborados y  además costosos. Pero Checho lo solucionó por ejemplo vendiendo su Citroen para comprar los trajes. 
Después falleció su compañera y Checho se volvió a Tapalqué. Justo ayer volvió a ver un video de aquellas presentaciones y se le antojaron como una señal, una señal para volver a poner mente y cuerpo en forma y retomar esa pasión, volver a sentir eso que sentía, volver a ser él. Y así se lo propuso, en el asado por ejemplo, no bebió alcohol y ese es un paso que se propone dar día a día. 
Marcelo en cambio empezó cantando y el grupo se llamaba nada menos que “Armonía y la voz de Marcelito Javier”, también tocó las tumbadoras en La vieja banda, fue parte del grupo de cuarteto Trik Trak y fue el baterista del grupo de folclore Musicanto en que el Caco era el bajista y más tarde se sumó Chua al teclado. Un grupo con el que recorrieron cientos de escenarios, ganaron certámenes en Cosquin y recogieron aplausos del público y colegas. Por ese entonces para grabar  había que viajar a Azul y eso se volvía una dificultad para todos, fue así que  Marcelo empezó a experimentar con el armado de un estudio de grabación que todavía conserva y en el que trabaja profesionalmente.
La historia de Pilo es la de un niño que encontraba perlas donde otros veían arena. Un día fue a un circo, los circos no le gustaban le daban más bien tristeza, pero ese día no sabe cómo terminó en uno que había aterrizado en el barrio San Gabriel. Todo iba igual de triste hasta que vio un tipo solo sentado frente a una batería (sin banda) que musicalizaba las rutinas del circo. Clavó los ojos y oídos ahí, lo hipnotizaron los redobles, los golpes de platillo y ritmos que brotaban de  ese instrumento chamánico. Fue amor y con los años la batería se volvería su instrumento de cabecera y el que más estudia.
Otro día escuchó una canción en una publicidad que le voló la cabeza, era Hey Jude de los Beatles y no paró hasta tener todos los casetts de ese grupo que aunque ya no existía, para él venía del futuro.
El gusto por esa música le dio otros amigos: Popi Gundel, Victor Delacoste, Robertito Rivademar. En el año 1989 ya habían empezado el colegio secundario cuando se dijeron: hagamos una banda.
 
     —Robertito dijo “ Vamos a hacer un grupo con temas nuestros”, y para mí eso no existía, yo quería tocar temas de los Beatles, de Creedence, de los Rolling Stones. Él y Popi pensaban eso, y yo dije
“Claro, tienen razón”. 

Hasta el día antes de tocar por primera vez en vivo Pilo tocaba la batería sin batería, hacia la percusión con una silla. El día de la presentación alquilaron una, Pilo se sentó un rato antes y ensayó, después se fue a dar un baño y se volvió a sentar para tocar. El grupo se llamaba “Niños pobres”.

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Chua sentado en un cajón de verdulería observa, no participa por un rato, y cuando lo hace aporta datos puntuales con voz baja, carrasposa. Ama cantar, aunque odia escucharse, al punto de no querer oírse ni en los audios de whatsapp. Le preocupa el daño que el cigarrillo le está causando a su voz, lo nota particularmente en los shows cuando le cuesta más calentar las cuerdas vocales. Y se dice que lo va a dejar, un día de estos.
Por ser el menor tuvo ciertas ventajas,  otras posibilidades como dice su hermano Marcelo. En su casa ya había algún instrumento y estaban los hermanos a quien preguntar. 

     —Arranqué a los doce años, todos los días me iba a la casa de Caco con un tecladito, a la siesta, a que me enseñara. Pero previamente venia masticando la guitarra, aprendía solo, de a poquito.
Además del teclado y cantar toca varios instrumentos, el acordeón a piano por ejemplo, que dice aprendió a fuerza de encierro e ibupirac para el hombro.

No le costó mucho sumarse a Musicanto cuando necesitaron tecladista, porque como es habitual en los hermanos, antes de empezar ya sabía el repertorio completo, de escucharlo nomás. Más tarde formó parte de otros grupos y hasta se animó a sus propios temas con el grupo de cumbia “Los chicos de papá”. Un día encontró la solución de un problema habitual, la falta de músicos, el permanente arme y desarme de bandas, o el enroque de músicos. Investigó y aprendió a secuenciar algunos instrumentos, es decir grabar pistas; por ejemplo si no conseguían bajista Chua grababa la pista y el resto de la banda sonaba en vivo. Se fue interiorizando cada vez más, hasta volverlo un oficio al punto de grabar pistas enteras, donde él ejecuta todos los instrumentos y después se las vende a algún cantante que, en vivo, solo tiene que poner la voz.  Para hacerlo escucha una y mil veces los temas, los desmenuza, descubre los arreglos, los disecciona y los vuelve a armar con sus manos pero sobre todo con su oído. Como es además un trabajo a pedido los temas pueden ir desde Los Moros, hasta  Michael Jackson, no tiene prejuicios, no los necesita.

***

El asado prometido (casa de Chua)
Cuando llego me recibe Checho y el hijo de Chua (4 años) que me cuenta que tiene un conejo y me lleva con él a verlo. Entramos a la casa, Caco hace el asado, Pilo la ensalada y Chua ordena otros detalles de la bebida. Pasado unos minutos se suma Marcelo que viene de trabajar en el campo, entra disculpándose por la tardanza, trae más carne, vino y su copa. De fondo suena José Larralde en un pequeño parlante que comanda Chua desde su celular. El ambiente es relajado, los divierte la idea de compartir un asado entre ellos y ser anfitriones.
La parrilla está en un ambiente amplio de unos cinco metros por tres, que también funciona como taller de tapicería, al que Chua tuvo que volver este año de pandemia y cero presentaciones. La mesa parece ser en realidad un banco de trabajo, debajo se ven materiales y herramientas.
Caco vestido de bermudas, remera, chinelas y delantal a rayas, se encarga del asado;  y por la forma en que se mueve o no se mueve  frente la parrilla, por como arrima brasas con despreocupación y seguridad o mira  los cortes de carne con las manos encajadas en el bolsillo delantero del delantal, parece expresar que disfruta y sabe lo que hace.
La mesa  para cenar está afuera, debajo de una media sombra, la temperatura  es ideal, el vino ya se abrió  y esa noche, como contradiciendo a la canción, nunca habrá vasos vacios.

     —Cuando le contamos a mi hermana de la entrevista se quería venir, está en Tandil; vamos
a mandarle una foto
     —dice Marcelo con entusiasmo, apurando las palabras y repite
     —vamos a mandarle una foto acá en la parrilla, como los hermanos cocineros ¿Cómo se llaman? —pregunta.
     —Los Peterson —reponde Pilo.
     —Los chupeterson —remata Caco y todos largan carcajadas roncas.

***

Ya en el patio la asadera pasa de mano en mano, con varios cortes de carnes, sentados a la  mesa elogiamos al asador, al vino y a la música que suena de fondo. Por momentos Chua acompaña con percusión en la mesa y Pilo tararea o canta alguna que le gusta. La lista de temas deambula libre: Alberto Merlo, Miles Davis, Bon Jovi, Camilo Sesto. Por debajo se oye un telón de grillos, ranas y perros.
Las anécdotas van brotando en la conversación, Pilo trae algunas del pueblo que aunque no vivieron él las atesora. Por ejemplo la de aquel fotógrafo social que era famoso por comer mucho en los eventos y un día alguno le preparó sanguchitos con hojas de diario, que por supuesto se comió con devoción. Cuando le preguntaron cómo estaban decía “Very Very”. O la de otro que en un baile decía :“Esta noche nos separamos todos” pero resulta que el único que no bailaba con su mujer era él. O la anécdota del cumpleaños de Marcelo que terminó en velorio: Marcelo celebraba su cumpleaños, estaba todo listo; el vino dispuesto, el asado a punto de salir, los invitados a pleno y en eso entra su hermana Mariela que traía en el rostro una noticia como un viento filoso. “Falleció la abuela”, dijo. Los hermanos Santos se mordieron la lengua,  se miraron, miraron la parrilla, se volvieron a mirar y dijeron: ”Ya se murió, comemos y vamos, además están todos los invitados”. Por esas casualidades de la muerte  y de los pueblos esa noche de junio y de neblina espesa habían fallecido varias personas y la única sala de velatorios estaba colapsada, entonces se improvisó un velorio en una capilla de barrio. Mientras la otra parte de la familia resolvía tramites de muerte, los hermanos Santos bebían: una para la abuela, otra para Marcelo, una para la abuela, otra para Marcelo. Cuando tuvieron que ir al velorio se sostenían entre todos, se hamacaban, se reían, no se sabe si alguno lloraba. Checho antes del nocaut del vino llegó a decir “velorio, abuela, …lorio, …buela”. Los demás, en fila, se fueron a dar su adiós. Cuando llegaron Pilo no tuvo mejor idea que intentar ver el rostro de la abuela por última vez, el cajón había quedado demasiado alto en la improvisada capilla ardiente y como el personaje de Enrique Pinti en Esperando la carroza o como protagonizando  un cuento de Landriscina Pilo, se colgaba y tambaleaba el cajón  y los hermanos lo querían sostener y también tambaleaban y la escena de comedia negra arrancaba todavía más llantos a las tías viejas que no daban crédito de lo que estaban viendo.

***

A su madre, Delia Romero, la definen como una guerrera, presente en todos los detalles, preocupada de que no les falte nada a pesar de la pobreza. Todos empezaron a trabajar de muy chicos, para aportar a la economía familiar, y siguen trabajando en diferentes oficios, porque la música que fue en un principio, su espacio de juego, de amigos, de aventura, de pasión, de placer, de amores, y hasta de fama (como recuerda Checho o Marcelo que con los grupos de cumbia, en los pueblos vecinos les pedían fotos y autógrafos),  y que ahora han logrado profesionalizar no les permite dejar sus otros trabajos de albañiles, herreros, tapiceros, o profesores.
En la actualidad Pilo, Caco y Chua junto a Zelmar, tienen el  grupo 4 de copas. Con ese nombre perfecto recorren las ciudades vecinas. Tienen su propio sonido que maneja Caco y una combi, que también conduce Caco. Se auto gestionan y no hay líderes ni subordinados, todos trabajan de forma pareja.  Se presentan en cenas Shows con un repertorio de rock internacional y nacional  de los 60 y 70, también música country, y si piden folclore están listos, si piden Leonardo Favio también.

     —Yo no quiero más nada, qué más podemos pedir —dice Caco —estar juntos, tocar, tener nuestra combi, nuestro sonido, traer algo en el bolsillo y levantarse el domingo (habiendo dormido 4 horas) comprar un pedazo de carne y hacer una asado con la familia. Yo no quiero más nada —vuelve a decir con sinceridad y se queda pensando; piensa en que sí puede pedir algo más —diez años menos querría tener, para poder 
seguir disfrutando.

Pilo comparte la idea de que no les hace falta más nada, son felices así, viajando, tocando, disfrutando un asado, un vino. Chua, disfruta lo mismo pero no niega que le hubiese gustado llegar un poco más lejos, dedicarse al cien por ciento a la música, viajar junto a su familia recorriendo escenarios, eso que algunos llaman triunfar. Marcelo y Checho, por diferentes motivos, hace años que no tocan en ningún grupo; y  lo extrañan con ardor, les quema. 

La charla  no se apaga, va y viene, se hilvanan las anécdotas, se superponen las charlas, las miradas cómplices y las carcajadas por cuentos que esquivan el grabador. Ahora recuerdan por ejemplo lo feliz que los hizo haber podido tocar en grupos que ellos admiraban cuando eran chicos. De pasarse horas sentados en la vereda, oyendo por ejemplo los ensayos de Cáscara de maní, (un grupo de cumbia muy popular en los años 70 y 80 en nuestra ciudad), de admirar a Darío Lamardo, al Gordo Rodríguez, a café Echeverría, a tocar con ellos.  Caco cuenta que Cáscara de maní ha vuelto a los ensayos,  y que le han pedido que ellos vayan, le presten oído, le den consejo, los acompañen.

     —Viste, al revés de como era antes cuando nosotros le pedíamos ayuda a ellos. —dice Marcelo reflexivo
     —Tenés razón, no me había dado cuenta —dice Caco y agrega —Se cierra el círculo.
La temperatura bajó un par de grados, Checho se despide, mañana tiene que madrugar. Marcelo también, pero lo convencen para un fernet más.

     —Mañana es mañana , hoy es hoy  —dice Caco.