CRÓNICA: Juan Sedano, el extraño de pelo largo

CRÓNICA: Juan Sedano, el extraño de pelo largo.

Juan Sedano dirige , desde hace 20 años, la oficina de Prensa y difusión de la Municipalidad de Tapalqué, pero antes fue el primer movilero de radio del pueblo, condujo noticieros por televisión y fue barman en la noche de los años 90. Mucho antes todavía, es decir, durante la primera mitad de su vida: vivió en Capital Federal

Son las cinco de la tarde del sábado 6 de julio de 2019, el invierno se instaló definitivamente hace varias heladas. El paisaje de la pampa lo asimiló volviéndose de un ocre pálido. Lo sufrieron, trémulas hasta morir, las plantas en el jardín delantero de la casa donde vive Juan Sedano junto a su compañera Mónica Felino y con la infatigable visita de una perra que rebautizaron “gorda”. Moni abre la puerta antes de que me anuncie. Juan está sentado a la mesa, tiene 62 años, es alto, delgado, luce la barba blanca recortada prolijamente, pero en cambio el bigote, ámbar de nicotina, crece irregular empecinado en ocultar por completo la boca. Viste un suéter gris, jean achupinados y borcegos negros. Ya preparó el mate y dispuso en la mesa facturas, chocolate amargo en forma de gotas -que dice que es lo mismo que comer huevos de pascua- y biscochos de grasa -aunque aclara que no son los verdaderos biscochos porteños, porque a esos, acá, no los consigue-. Muerde uno y de todas formas lo aprueba.
Juan creció en Capital Federal y aun hoy en su habla arrastra la identidad porteña. Aunque lleva treinta años en Tapalqué oyendo el hueco que dejamos al final de las palabras donde debería ir una “S”, él las paladea con placer y las sílabas se acunan en una cadencia arrabalera ya extinta. Cuando se refiere a su grupo de amigos le llama “barra”, cuando habla de frecuentar un lugar dice “parábamos”, cuando quiere decir que se trata de una discusión aparte, dice “cinco mangos aparte”. En su léxico habitan palabras como man, negro, loco, o chabón y siempre, por deformación profesional, antes de contar una anécdota la titula.

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Fuiste mía un verano
La historia de Juan empieza, como muchas, cuando se conocieron sus padres. El verano de 1956 Antonio Sedano resolvió, junto a su hermano, pasar unos días en Tapalqué. Éste le había hablado del pueblo prometiéndole un paisaje similar al de su infancia en Berisso, la zona de los montes como le decían en La Plata. Pero Antonio enseguida se olvidó del paisaje cuando conoció a María Selso, se olvidó tanto que a los tres meses se casaron y se fueron a vivir a Capital Federal. Más tarde volvieron para que Juan naciera en Tapalqué y siguieron viniendo de visita todos los veranos y cada fin de semana largo.
La infancia de Juan transcurrió entre Barracas, un barrio fabril de Capital Federal donde se colaba la pampa en forma de campitos -terrenos baldíos-, y el barrio “El trébol” de Tapalqué; entre el riachuelo y el arroyo. Y así, con barras de amigos de allá y de acá fueron pasando los años.
Antonio, su padre, era encuadernador y los sábados lo llevaba al trabajo. Cuando recibió la primera paga y ese paseo se convirtió en empleo se fulminó la infancia. El campito donde jugaban al futbol, a dos cuadras de su casa, ahora servía para esconder entre los arbustos o debajo de las piedras los paquetes de cigarrillos. Allí con esa barra de amigos dio las primeras pitadas, desde entonces nunca dejó los puchos tan lejos, ahora se ven siete paquetes al alcance de la mano sobre la mesa del televisor, aunque no enciende ninguno mientras estoy en su casa.
Alrededor de los doce años, la barra del Trébol empezó a encontrar más diferencias que similitudes con Juan. La ropa, la música y todo el universo del que Juan hablaba apasionado, a los pibes del pueblo no les interesaba. La adolescencia inevitable borró como un tsunami lo poco que quedaba en común. Juan aterrizaba en el pueblo luciendo pelo largo, jeans patas de elefante, remeras pintadas o a veces un chaleco sobre el torso desnudo y siempre zapatos con plataforma. Ese look en Tapalqué podía ser tranquilamente el de un extraterrestre.
—Cuando venía en los 70 era muy raro. Mi viejo caminaba atrás mío para ver la reacción de la gente que salía a mirar —dice con una mezcla de orgullo y extrañeza —era demasiado excéntrico, en el sentido real de la palabra -sobre todo la ropa- y me fueron dejando de lado. Tenía que ir al PAPI solo o ir con mi viejo. Una cosa muy loca pero lo entiendo, era demasiado raro, hablaba de cosas que acá no se hablaban.
Con la familia de acá tampoco había mucho en común, prefería estar solo, ir a la costanera, no darle de comer a la fantasía de los que  interpretaban en su forma de vestir una ofensa tanto para los vivos como para los muertos, tanto aquí en la tierra como allá en el cielo; eso lo supo el verano que lo echaron en la misma semana de la iglesia y del cementerio.
En 1970 empezó el colegio secundario. Desde 1966 el país era gobernado por una dictadura militar, los estudiantes secundarios comprometidos políticamente eran parte de permanentes movilizaciones y tomas de colegios. De esa efervescencia política fue parte Juan, primero militando como delegado del aula, después del año y finalmente del colegio.
—Después me echaron del colegio, fue por otra cosa pero en realidad fue por eso. Con los años me enteré que estaba en una lista negra y que no iba a poder entrar tan fácil en cualquier otra escuela.  Recién en el 76-77 empecé a estudiar de noche. Un día en plena clase, cae la cana y se lleva a un compañero ; ahí medio que me agarro cuiqui.  Yo no tenía ni el analítico, en el otro colegio no me lo querían dar, me decían que se había quemado, extrañamente —dice mientras acaricia a la perra que, cariñosamente, se paró a su lado, tal vez intuyendo la gravedad del relato en el tono de voz de Juan, o lo más seguro: de puro perro nomás.

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De amor, de locura y de muerte
Una voz masculina, metálica, dramática, interrumpe la programación habitual de radio y televisión con una cadena nacional. Son las dos de la tarde del 1 de julio de 1974. Ahora la voz de vidrio que se rompe frente a millones de argentinos es la de una mujer que anuncia la muerte del General Perón y su asunción como presidenta. La ciudad contiene la respiración como después de un bombardeo. Nadie se atreve a ser indiferente. Se declara asueto por 48 horas, no hay taxis, ni colectivos ni nada; son las dos de la tarde pero el tiempo también ha muerto. Juan, desde hace unos meses, trabaja de cadete en  San Telmo y comparte el viaje desde su casa en Barracas con un compañero de trabajo que tiene auto. Cuando se están yendo en el Citroën 3CV, ven a Graciela ,una conocida de Barracas, saliendo del colegio con una  compañera.
— ¿Gracielita, vas para tu casa, te llevamos? —dice Juan.
— No, gracias. Voy a casa de ella, que vive acá cerca y de ahí llamo a papá para que me venga a buscar  —se refiere a su amiga Mónica Felino que vivía a cuatro cuadras del colegio. Juan se sube al auto y se van.
—¿ Y ese tarado quién es? Ni me saludó.— dijo Moni.
—¡No! este es un loco. Vive escuchando música — le contestó Graciela.
Esas fueron las primeras palabras que Mónica escuchó sobre Juan, pero no le importaron, o le importaron tanto que quiso saberlo todo.
Ahora en su casa Mónica ceba el mate, Juan salió unos minutos y ella se hunde en el recuerdo de ese día con lujo de detalles.
—Cuando murió Perón se paralizó Buenos Aires. Y en eso veo un auto que para y baja él,  me parece que lo estoy viendo  —dice y sonríe como esa primera vez— flaco, alto, usaba esos pantalones que ahora le dicen oxford, y unos tacos así —hace un gesto como quien sostiene un ladrillo con ambas mano —era la moda de los 70 —lo justifica.
Mónica tiene el pelo lacio y corto, los ojos levemente rasgados,  la piel cobriza impecable y la sonrisa pícara.  Tiene la misma edad que Juan, ambos son hijos únicos y por momentos son un complemento que parece perfecto.
Un loco que escucha música le habían dicho, pero ella también escuchaba música, Palito Ortega, Leo Dan, Donald.
—Juan escuchaba otra música: Credence, Pink Floyd, Deep Purple, Led Zepelin. Yo no tenía ni idea, era para investigar. Siempre fue muy intelectual, a mí siempre me superó, tiene otra manera de interpretar las cosas, otra visión. Es el día de hoy que vemos una película pero el “ve” otra cosa.
Moni arregla el mate, la perra duerme y ronca echada en el sillón. Vuelve Juan y retoma la charla, continúa un relato cronológico, hace ademanes medidos que acompaña con cambios sutiles en el tono de voz.
—Yo empecé a escuchar otra música en los setentas. No había muchas formas de conseguir música.  En esos años empezó un programa que se llamaba Modart en la noche. Modart era una sastrería que lo auspiciaba, el dueño era Cleiman, que después fue productor de rock.
Juan entró a la cultura rock por Creedence Clearwater Revival y fue la única vez que exhibió su gusto por algo pegando una dibujo  de la banda en la carpeta del colegio. Tal vez eso motivó que un día su padre, que tenia oreja solo para el tango que brotaba desde la radio capilla, le pregunte: “¿Por qué te gustan?” “Porque me gustan” contestó Juan y ese fue su mejor argumento. Pero lo que no esperaba era la repregunta de Antonio, que salió cortando el aire como la daga sedienta de un compadrito y le marcó el rostro juvenil para siempre: “¿Y si dicen a mí me gusta que me rompan el culo ? ¿ Te van a seguir gustando?” Juan aunque tozudo, aunque rebelde empeñado, esa tarde sintió como las palabras de su padre , destilando hiel, se hundían en su amor propio y se las tuvo que ingeniar. Conoció a un pibe que había venido de Brasil y tenía lo que para él era un tesoro: un disco de Credence con las letras. Solo le faltaba conocer a otro que tuviera un diccionario Ingles-español y así fue. Se sentó herido en su orgullo y como pudo, a lo bestia, lo tradujo. Fue donde su padre y escupió palabras que se le antojaron poesía: Quiero saberlo, ¿alguna vez has visto la lluvia?. Quiero saberlo, ¿alguna vez has visto la lluvia cayendo en un día soleado?—A partir de ahí me copó el inglés y seguí aprendiendo, después aprendí más con Moni que es profesora. Así que hablo inglés perfectamente. 

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Mil oficios
Cuando dejó definitivamente el colegio fue pasando por todo tipo de trabajos. Compra de oro, mayoristas, papeleras, disquerías, etc. Hubo un momento clave en otro trabajo, una anécdota que le gusta contar así: Cuando tenía 22 años tuvo que empezar a bancar su casa porque su padre había enfermado. Dice que buscó y consiguió trabajo en una distribuidora mayorista eléctrica y que después de una semana a prueba el gerente le ofreció ponerlo en blanco.
—Sos bueno y sabés inglés pero hay un temita. Tenés que cortarte el pelo —le dijo.
—¡No! Arreglame todo que me voy —contestó y se vió reflejado en las pupilas enormes del gerente que no daba crédito de lo que estaba oyendo —Si te hago caso y me corto el pelo ahora ¿después que me vas a pedir? Te voy a tener que decir que sí a todo —sentenció.
El precio de su dignidad lo pagó con creces en el siguiente trabajo. De madrugada, helado hasta los huesos, repartía buena parte del pescado que se consumía en la ciudad de Buenos Aires. Con el olor escamado en la piel y en todo el largo de la melena volvía de Palermo a Barracas durmiendo en el 29 y a su lado, siempre, dejaban el asiento vacío.
—No soy Gardel ni nada, pero el primer tipo con el que tengo que estar contento es con el que me mira en el espejo. Chacho Selso me dijo una vez “yo me acuesto y me duermo a los treinta segundos, sabes por qué, porque todo lo que hice es lo que quise hacer”. Ese no te digo que es mi lema, pero también pienso así. Y las decisiones las tomo rápido pero desde esa manera de pensar.
Lo último que hizo en Buenos Aires fue trabajar en la construcción, como contratista, pero había cada vez menos trabajo, para ese entonces se habían separado con Moni. 

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No te olvidés cuando vuelva…
Hubo un momento preciso, una tarde del verano de 1989 en Tapalqué. Juan está de visita desde hace unos días en el pueblo, camina por la costanera buscando el aire fresco y el agua mansa. Mira cada detalle con ojos ingenuos y piensa: en su viejo que ya no está, en la vieja que es lo único que tiene y que desde hace unos meses se volvió a vivir al pueblo, y piensa sobre todo en su futuro. Entonces el paisaje que antes había dicho cosas que no entendía se le mete dentro. Siente, como el poeta, que el arroyo corre en él, que él es el arroyo y que suspiran en él los arboles. “¿Qué carajo voy a seguir haciendo en Buenos Aires? Esa ciudad ya no tiene nada más para mí”, se convence. En Tapalqué lo ven como un bicho raro, pero eso nunca le importó y lo prefiere antes que volver a la ciudad sin laburo, con un futuro donde lo más esperable es ser explotado o en el mejor de los casos manejar un remis.
30 años después de aquella calurosa tarde Juan Sedano, sentado en el living de su casa de Tapalqué dirá:
—No te digo que acá había un campo de acción para mí, porque además no tenía claro cuál era mi campo. Pero siempre me gustó Tapalqué y me preguntaba por qué y caí en el tema de la patria. La patria es el lugar donde están enterrados tus ancestros. Esa es la etimología de la palabra.

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Vida nueva
Ya instalado en Tapalqué frecuentaba  Pinkos una confitería-bar donde le daba una mano a Sergio Vicciconti (Tachuela). Preparaba tragos, conversaba lo justo, preparaba el café, conversaba lo justo. Esa habilidad y su conocimiento de la fauna de los bares le sirvió para quedar fijo detrás de la barra. Cuando Pinkos cerró habló con un amigo de Capital que tenía un video club y le pidió que le mande las películas que ya no le servían y con eso abrió, junto a tachuela, el primer video club del pueblo. Como el negocio no daba más que para uno solo, Juan volvió a la barra, pero esta vez del boliche bailable, primero Mumbo Yumbo, después Siglo XXI y por último El Viejo Correo Pub.
Despuntando los años 90 abren la primera radio FM de Tapalqué: Encuentro. Juan participa como invitado en un programa de rock conducido por Roberto Rivademar acompañado por “Pilo” Santos como operador; seguramente hablaron de música, compartieron discos y pasiones. Habían pasado veinte años, ya no era un bicho tan raro, había jóvenes con los que podía charlar y emocionarse por las mismas cosas. Después de esa emisión Freddy Ventos, el director de la radio, lo invitó a ser parte del staff. Ahora todo el pueblo tenía metido al excéntrico en su cocina, derramando su voz  desde los aparatos de radio en frecuencias moduladas. Nacía así el primer movilero de radio de la ciudad pueblo.
—Fue una experiencia muy loca. Fredy dijo y tenía razón  que nosotros conseguimos que los talleres mecánicos pasen de radio Rivadavia a FM Encuentro. Y lo mío, si es que tuvo algún valor es que fuese creíble.
Juan recorría el pueblo en una Zanella 50cc, entraba sin pedir permio en cualquier oficina pública:  municipalidad, hospital comisaría y encontraba historias debajo de cada piedra.  Veía con ojos nuevos, ingenuos como le gusta decir a él y ese era un aporte fundamental. 

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Nostalgias
Son cerca de las nueve de la noche pero Juan no se preocupa porque para la cena tienen guiso que les sobró del mediodía.
La charla, entretenida, se ha llevado las horas. Juan recorre su vida y cada mención  merece algún dato de color. Si habla de Barracas contará el origen del barrio, si nombra un bar sabe la historia, si menciona una fábrica conoce qué familia de inmigrantes la fundó. Ese saber enciclopedista, que disfruta desplegando frente a un interlocutor dispuesto,  se lo atribuye a la educación pública de los años 60 y 70. Su permanente curiosidad hizo el resto. Puede pasar horas hablando de cine, de literatura de ciencia ficción, policial negro o de historieta argentina de los años 50, que conoció por su padre.
El recuerdo de su padre sobrevuela la charla y aunque generacionalmente vivieron mundos que los diferenciaban, el tiempo, como un viento manso empujó para el lado del amor.
—Mi generación no escuchaba tango, no tomaba vino y no tomaba mate. Porque era lo que hacían nuestros viejos. El mate es lo único que no compartí con mi viejo, la única deuda que me quedó. Empecé a tomar mate después que él murió —dice con el dolor del que sabe que de esos momentos está hecha la vida.
También, cuando su padre ya no estaba, reparó es su parecido físico. Se para, busca una foto y me muestra.
—Soy yo, mirá, soy yo— dice, pero no se refiere al niño de la foto, que efectivamente es él, sino al hombre de bigotes que está a su lado y es su padre.
Por ser hijo único, me cuenta, conserva muchas de las cosas que había en su casa: el juego de dormitorio, la mesa,  la vajilla -que empezó a usar hace poco- y otros objetos de su padre que son sus fetiches: los anteojos, una herramienta de encuadernación, una maquinita de afeitar marca Chicago -que desenrosca para mostrarme como poner las hojas- y la brocha Galera que cada tanto como en un ritual usa para afeitarse. Tal vez esa caricia suave que antes fue de su padre lo remonte por ejemplo a las caminatas que hacían juntos, los sábados al mediodía, bordeando el riachuelo hasta La Boca para comprar una pizza y tres merengues en Banchero y volver en bondi  para almorzar con su madre

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Reencuentro
En 1995 Juan tenía 38 años estaba entre el móvil de la FM y la barra del Viejo Correo, tanto es así que había mañanas que la primera salida al aire la hacía desde la cama, con solo un par de horas de sueño. 

Habían pasado 8 años de la última charla con Mónica y una tarde sonó el teléfono.
En 1995 Mónica vivía en Capital, era contadora y le sobraba el trabajo. Un día  llamó a un amigo, que también era amigo de Juan, Horacio y le contó, entre otras cosas, que estaba pasando un mal momento y que se sentía sola. Horacio le dijo: “Ya  mismo me voy a Tapalqué, lo voy a buscar al flaco”.
El teléfono sigue sonando en la casa de Juan y por fin atiende. Del otro lado la voz de Horacio es un insecto certero que mueve piezas milimétricamente. Horas más tarde está en Tapalqué para llevarse a Juan a Capital.
Moni que ahora recuerda nuevamente con lujo de detalles el reencuentro dice:
—Fue un sábado, no me olvido más lo que me dijo: “Yo a Buenos Aires no vuelvo,  acá no tengo trabajo y de remisero no voy a terminar”. Juan es re práctico, la tiene clara, no se anda con vueltas. Así que, me dice: “la decisión es tuya. Yo te ofrezco que vengas a Tapalqué a vivir conmigo”. Armé las valijas y me vine.  El 7 de marzo de 1997 se casaron por civil.

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Rutina
En 1999 cuando es reelecto en Tapalqué el intendente Romera, Juan le propone a Patricio Bonfantín, por entonces Secretario de gobierno, la creación de la Oficina de Prensa y Difusión de la Municipalidad. La idea prendió y desde ese momento centraliza toda la información que se comunica desde el municipio. Todos los días a las 6:30 am. Juan está sentado en su oficina, lee los diarios online, toma mate amargo, hace su trabajo. Vuelve a su casa a las 14:00 hs., almuerza junto a Moni y religiosamente como si hubieran nacido en este pueblo, duermen la siesta.
Aunque les costó adaptarse, tal vez más a Moni, no extrañan vivir en Buenos Aires. Cuando el bolsillo se los permitía iban una vez al mes, pero la ciudad que ellos dejaron ya no existe. No hace mucho fueron a pasar la fiesta de año nuevo,  Buenos Aires era un aliento húmedo que superaba los 36ºC. En medio de la primera noche del año, como dos fugitivos bajaron  del hotel, cargaron las valijas en el coche y apretaron el acelerador. La última imagen que les devolvió el retrovisor  fue el barrio del Once envuelto en la oscuridad de un corte total de luz, protestas en la calle, embotellamientos y caos.