Familia Collazo: el oficio del silencio

Familia Collazo: el oficio del silencio

En la oficina de Casa Diago no se ven crucifijos, no hay velas , no hay frases sobre la vida, no hay imágenes religiosas, no hay flores ni floreros. Podría ser una inmobiliaria, el estudio de un abogado o incluso una oficina estatal. Pero es una funeraria. Allí se sientan con el alma translúcida de dolor los familiares del fallecido y eligen: el tipo de servicio, el cajón, la mortaja, nicho o tierra, eligen cerrar o pasar la noche en vela, eligen hacer un responso ahí o en la iglesia. Y aunque saben que quien está del otro lado del escritorio hace su trabajo, no pueden evitar preguntarse: ¿por qué también tengo que pasar por esto?

Primera impresión
La mañana es fresca y luminosa, es la hora en que el pueblo muestra que, un poco, sabe moverse. Al doblar desde 9 de julio hacia Mitre mi deseo es no ver gente en la vereda que me haga volver sin historia.
El frente de la oficina es todo vidrio pero con un plotter que impide ver hacia dentro. No imagino que voy a encontrar cuando atraviese la puerta pero en mi lista de probables, seguro no está, la de encontrarme con una adolescente sentada al escritorio (después sabré que es hija de Hernán). Con el aplomo que solo se tiene a esa edad saluda haciendo un gesto sin sonido y entiendo que debo esperar.
Por una puerta, al final de la oficina, entra Carlos Collazo, alto, robusto, algo serio. Le recuerdo de mi visita, ­–Si, si –me dice y se pierde por la misma puerta–. Ahora el que entra es Hernán Collazo, su hermano menor, más bajo, ruliento y algo sonriente, su hija se mueve dejándole el lugar, aunque sospecho que con los años ese movimiento será a la inversa.
La oficina es un ambiente de unos tres metros de ancho por cinco de largo, tal vez. Una de las paredes laterales es de durlock, la otra está cubierta hasta el primer tercio de altura por madera machimbre y, en la restante del fondo donde está la puerta –que Hernán dice da al pasillo secreto– el revestimiento llega hasta el techo que se continúa con la misma madera.
A espaldas del escritorio donde ahora está Hernán hay: un mueble de melamina marrón, uno gris de chapa tipo archivero y una mesa con una computadora que hace mucho no se renueva, al lado una mesita con un teléfono de la misma época. Nada en el mobiliario parece advertir que ya no son los años 90.

El origen
Casa Diago es, además de la única funeraria del pueblo, una empresa familiar, pero la familia propietaria desde hace 33 años no es Diago sino Collazo. Fidel Diago fundó la empresa y al jubilarse la vendió a otra familia de funebreros de la ciudad de Azul, Di Blasio. Ya llevaba varios años cerrada cuando a José María Collazo, puestero de campo hasta ese día, se le cruzó la disparatada idea de que ese podía ser el negocio con el que mantener a su familia.
­–La verdad que no me acuerdo quién le dijo, podés agarrar acá la… Porque nosotros vivíamos enfrente. Agarrar la…(hace un gesto con la cabeza, seco, corto, un latigazo levantando el mentón hacia la pared, pero atraviesa el durlock y lo que señala es al lado). Porque esto estaba cerrado. Solo estaba la Cochería Modelo donde después fue la zapatería de Tato, digamos. Era de gente de Alvear. Bueno y agarró. Y vos imaginate de encargado de campo a…”coso”, bueno, era un salto medio grande –dice Hernán reservándose el uso de algunas palabras y riéndose sobre el final casi a carcajadas–. Mientras habla, parece cansado, se frota las manos, se las pasa por la cara, el pelo y repasa el escritorio como juntando miguitas o aplastando hormigas.
Los Collazo hijos son cuatro: José Luis, Carlos, Hernán y Analía. Todos son o han sido parte del negocio, pero es Hernán quien a sus trece años, mientras sus hermanos estudiaban en La Plata, decidió ayudar a su padre y meterse de lleno en este oficio de convivir con la muerte.
–Decidieron venirse y algo había que hacer –dice él– naturalizando el cambio de rubro de sus padres–.
Entra a la oficina Lía, la mamá, justo en el momento que Hernán me deja (por la interrupción de un vecino). Aunque Lía ya está jubilada el negocio sigue siendo su lugar. Cabello corto y voz filosa. Clava la mirada en el tiempo y recuerda.
–Él era el encargado de la estancia y yo la cocinera, mi suegra fue de novia y salió abuela en el mismo lugar, en ese campo. Era nuestra casa.
Cuando en el campo no dio para más los Collazo se vinieron al pueblo a una casa justo enfrente de la actual funeraria que por ese entonces estaba cerrada.
–Cuando nos vinimos, estábamos ahí, ¿qué hacemos, qué no hacemos? Y bueno un día mi tía Maruca que vivía en otro barrio quería mudarse y nos decía “si yo consiguiera una casita acá cerca”.
La casita que estaba en venta y con la que su tía Maruca se había ilusionado lindaba con la ex funeraria. Cuando la quisieron comprar el dueño salió con un martes 13, la operación compra venta sería todo o nada es decir, casa y funeraria o nada.
–Mi marido me dijo: ¿qué te parece si lo encaramos? Lo miré y le contesté ¿estás loco o estás en pedo?- Lía hace una pausa se ríe de su propia reacción y agrega –Al principio costó, la primera vez fue….–y no termina de decir, aunque el suspiro y el semblante calcan los nervios de esos días–.

Un final para poder comenzar
Es marzo de 1985 y el mediodía es cristalino. La familia Collazo ya almorzó. José María, el jefe de la familia, ha ido al banco, ahora las distancias y las rutinas son otras . Tal vez en el camino piensa, hoy tampoco será el día… quién se va a morir con este sol. Lía está limpiando la cocina cuando el timbre, como un aguijón, la hace estremecer. De algo está segura, a esa hora no esperan la visita de ningún vivo.

–De los nervios que tenía no sabía qué hacer, si disparar o qué hacer. Entonces le digo a Hernán: “andá a buscarlo a papá que está en el Banco”.
Hernán fue y le dijo a su padre que había llegado el momento. Pero José María no le creyó. Se lo atribuyó a una broma de su prima que por esos días estaba de visita en la casa y le había dicho, “vas a ver que te traigo suerte y empezás con la cochería mientras estoy yo”.
–Lo hice ir de nuevo a Hernán, “por favor decile que hay gente, que es verdad”. Y bueno vino, hicimos lo que pudimos.
Poco antes de ese primer día habían recibido la visita de Di Blasio, el funebrero que les dio una clase acelerada acerca de todo lo que debían saber para un “servicio”. Lía le preguntaba ¿yo que hago Di Blasio? y Di Blasio contestaba: Usted señora piense que esto es una casa, decórela como se le ocurra, quiere poner cortinas ponga cortinas, quiere poner cuadros ponga cuadros, quiere pintar pinte. Haga lo que quiera, esto es una casa.
–Hay detalles, me decía, no haga esto, no haga aquello .
¿Cómo qué?
–No, bueno hay que respetar a los dolientes.
Lía al igual que Hernán son reservados en los detalles, dicen sin decir, y lo dicho sin palabras por momentos inquieta y estremece.

La rutina
Vuelve Hernán, su hija ya se fue y su mamá está sentada en una silla a la derecha del escritorio.
La puerta de calle se abre, la que está entrando es Analía, la menor de los Collazo que se sumó al negocio en 2006. Pero las miradas no son para ella sino para su hijo, que con su año y medio se esfuerza para subir el escalón de la puerta.
–Hoy no tengo un buen día –dice Analía, en primera persona pero refiriéndose a su hijo–. Ahora ocupa el escritorio. Sobre el escritorio hay una pila de papeles, un lapicero, un almanaque, cuatro sellos que cuelgan en un porta sellos metálico con lugar para doce y una calculadora de números grandes que Analía utiliza para hacer sumas, que se reprocha, debería hacer mentalmente.
Por momentos se juntan seis, siete personas y se habla con entusiasmo, como si fuera la primera vez que en esas cuatro paredes se menciona a la Muerte y sus rituales. Se dice por ejemplo que en otros países los cuerpos descansan en la vereda, que en otras provincias se celebra la muerte y los datos son precisos y aterradores: “en tierra” pasados cinco años no queda nada de lo que somos, pura materia que desaparece.
Con el correr de los minutos también llegan y se van clientes previsores que pagan su servicio en cuotas.
–Están los que vienen y dicen: vengo a pagar la muerte y los que piensan “ni loco voy, a ver si todavía me pasa algo” –cuenta Ana y Hernán agrega– hay clientes que pagan por ellos, por su pareja y sus hijos pero en secreto.
Uno de esos clientes se va, saluda y frases triviales como “que sigas bien, que andes bien, nos vemos”, en boca de “los Collazo” suenan a chistes de humor negro y es difícil no pensar en el dicho popular “ no le deseo la muerte a nadie pero que no me falte el trabajo”; sin embargo la frase que cabría para Casa Diago viene de la literatura gótica y el personaje que la pronuncia dice “bienvenido a mi casa, entre libremente y por su propia voluntad”(Drácula ).
El sentido de humor es afilado en la familia, Hernán por ejemplo, está esperando terminar su casa para instalar una bodega con forma de ataúd que por ahora guarda en el depósito junto a los reales; aunque el chiste más común siempre se lo hacen a ellos: “No me mires fijo porque parece que me estás midiendo” es el latiguillo de amigos y conocidos.
–Tenés que tomarlo con humor, porque si entrás a una oficina y están así (se pone serio, rígido) viste…demasiado serios estamos al lado –dice Hernán–.
Al lado es la casa de velatorio propiamente dicha. Al lado no hay ni una mueca ni un sonido que se le parezca a la risa. Al lado visten de rigurosos trajes negros, al lado no hablan y cuando lo hacen es en voz muy baja y para referirse a algo estrictamente técnico. Al lado tratan de pasar inadvertidos, al lado son como fantasmas, al lado son puro protocolo y siempre están de pie. Al lado no hay movimientos bruscos. Al lado no hay tiempo, no se diferencia noche de día, al lado no entra el sol o entra para cegar, al lado se comunican con miradas, al lado están aunque no estén y no están cuando están. Al lado sombras, un mal recuerdo, al lado frío, tinieblas, viento. Al lado no tienen cuerpo y cuando lo tienen es porque también necesitan ojos para llorar.

En carne propia
–No hijo no, eso no toques –dice Ana y lo convence para que dibuje sentado en el piso –él esta acá y es cosa de todos los días. Se convive con esto, así como era con nosotros ahora nos pasa con los nenes. Yo tenía cinco años cuando compraron acá, mi nena tiene ocho, o sea nació con esto. Cuando hay servicio hay que hacer silencio y es normal. (Me muestra una foto de su hija jugando a que limpia un cajón)
–Falleció una tía por ejemplo y no es lo mismo que otra chica que le tenés que explicar un montón de cosas.
Analía termina de decir esa frase y lo que sigue es una obviedad. Convivir con la muerte no sería nada si estuviéramos librados de la de nuestros familiares y amigos.
–Y… es complicado –dice Hernán– como quien dice vas cambiando de a rato, de a rato sos doliente, de a rato sos el dueño de la cochería y así. Porque sos doliente durante todo el día pero en el momento de salir con el entierro tenés que hacerlo. Lo tenés que hacer y lo tenés que hacer. Yo pasé por mi viejo, por mi tía, por mi sobrina, después mi abuela. Sos familiar y te duele como uno cualquiera. Como uno común.
A pesar de todo los Collazo hacen lo posible sin proponérselo ,porque así crecieron, para que su trabajo sea natural y por momentos parecen lograrlo.
– En la casa de mi vieja– dice Hernán– en el garaje esta la sala de exposición nuestra.
–¿Cómo?
–Claro ahí tenemos todos los cajones de exposición. Eso es lo que le mostramos al cliente. Muchos le dicen a mi vieja “¿a usted no le da cosa dormir ahí?”– Y se responde así mismo–
….un mueble, es madera. Es un mueble con otra forma, madera lustrada–. Se encoje de hombros y gira levemente las palmas hacia arriba. El gesto y el tono de voz hacen lo posible por quebrar el tabú y aunque la razón lo asiste hay situaciones en las que no se deposita la experiencia y el protocolo se vuelve un sinsentido.
–Yo hace 32 años que estoy en esto pero cuando pasa algo con un bebé o un chico– la angustia es ahora una espina clavada en la garganta que le entrecorta la voz– y… a mí me aprieta demasiado, me duele en el alma. Aunque no tenga contacto con la familia, pero lo veo y…. es muy fuerte. Es muy fuerte cuando vos tenés que trabajar…con esto.

Al lado
Cada seis meses reciben una revista con todo lo que un buen funebrero debe saber, también se hacen congresos y exposiciones donde se exhiben entre otras cosas carrozas fúnebres, cajones y mortajas, porque incluso en el ritual de la muerte manda la moda. Como la mayoría de los trabajos registrados tienen un gremio y por supuesto grupos de WhatsApp. Por lo demás casa Diago no se diferencia de cualquier negocio familiar, los roles se dan con naturalidad, las mañanas son llevaderas entre mates clientes y amigos.
Finalmente atravesamos la puerta del fondo, el pasadizo secreto que sólo ellos utilizan, un portal al lado oscuro, imagino. Hernán me acompaña, se suma Carlos y lo que sigue es una visita guiada por la casa de al lado, donde suele habitar la muerte: Es una casa antigua refaccionada. La puerta principal es de vidrio y desde allí nace un pasillo como una columna vertebral. Una sala a la derecha, totalmente revestida con machimbre y una ventana siempre cerrada son la escenografía del ahogo. Allí hay una capilla ardiente, es decir un crucifijo, dos candelabros y los pedestales donde se apoyan los cajones, todo bronce. El crucifijo es grande, una buena artesanía con un Cristo sufriente. De pronto se encienden los candelabros y una luz de neón azul repite la forma de la cruz y empapa el ambiente de un frio pegajoso. Hay una segunda sala a la izquierda y un estar con sillones, al final del pasillo está la cocina. La sensación es la de recorrer un teatro vacío a plena luz del día, no hay artificio. Es una cascara vacía, un detrás de escena, el reverso del ritual.